Desnuda me revelan tus ásperas letras. En tu escrito, virgen, apasionado, se ve claramente mi reflejo sin adornos, sin falsos dorados.
Esa soy? –me pregunto
Me avergüenzo, me asombro… y finalmente me acepto.
Soy un personaje apareciendo en dos ficciones al mismo tiempo. La buena, la mala. Dos caras. La misma moneda…
Apoyo tus palabras de filoso borde sobre mi pecho angustiado de saberme descubierta y, como siempre, prefiero seguir bebiendo la savia dulce de tu fruto,…y, separando las espinas, aún llagándome la piel, continuar buscando el núcleo, tu verdadero ser y así, desde las sombras mentirosas de mi alma,…seguir contigo, un poco mas…
martes, 14 de julio de 2009
Ejercicios literarios...
A veces hay textos, tipo verso o reflexiòn que uno escribe, inspirado por un sentimiento, propio o ajeno y, a los que escribimos por deporte ( a algunos màs vale nos servirìa "hacer" un deporte!), nos sirven como pràctica... Por ejemplo, para màs tarde volcarlo como adorno o párrafo ya trabajado y pulido, en un cuento o en un capìtulo de una novela breve o algo asì.
En este caso, Corazòn Ausente, puede ser eso, un cuento breve, una simple prosa, tipo verso, sin métrica ni nada (espero no decir una barrabasada ya que la tècnica de la poesìa no es lo mìo). Pero bueno, algo asì.
Esto es muy tìpico de los talleres literarios, una idea dada por un maestro a modo de inspiraciòn para el grupo, genera una cantidad de diferentes escritos que realmente es llamativa. Creo que lo que genere tiene que ver, asì como pasa en los estados onìricos, en lo vivido recientemente, en algo visto, fantaseado o leìdo. Es vàlido si conduce a la creaciòn.
Ahì va un ejercicio de estos, me parece que es bello, y más allá de errores o desatinos en la tècnica, puede integrar y tener su lugarcito en este espacio.
En este caso, Corazòn Ausente, puede ser eso, un cuento breve, una simple prosa, tipo verso, sin métrica ni nada (espero no decir una barrabasada ya que la tècnica de la poesìa no es lo mìo). Pero bueno, algo asì.
Esto es muy tìpico de los talleres literarios, una idea dada por un maestro a modo de inspiraciòn para el grupo, genera una cantidad de diferentes escritos que realmente es llamativa. Creo que lo que genere tiene que ver, asì como pasa en los estados onìricos, en lo vivido recientemente, en algo visto, fantaseado o leìdo. Es vàlido si conduce a la creaciòn.
Ahì va un ejercicio de estos, me parece que es bello, y más allá de errores o desatinos en la tècnica, puede integrar y tener su lugarcito en este espacio.
EL CORAZON AUSENTE
Levanto el tubo del teléfono y sigues ahí. Para que nunca esté sola. Evoco la negrura de tus ojos que me abrasa. Una extraña calidez que sosiega sale del aparato para cobijarme. Escucho atenta. Cada suspiro tuyo es una especie de amor nuevo que llega montado a los cables callejeros y mojados por la lluvia. Antes que tu voz, llega el afecto. Antes que las palabras, me alcanza el calor de tu pasión.
Y yo no te envío nada...
Los cables de mi casa están secos. Son hilos viejos. ¡Sin embargo, vos decís que te llego, te conmuevo y que te doy tanto! Luego cuelgo y, entre extrañada y compungida, me detengo a ver mi imagen reflejada en el ventanal y mis dudas se aclaran.
No tengo nada para darte porque todo lo entregué al amor primero. Veo en mi propio reflejo azulado, el hueco que atraviesa mi pecho de lado a lado. Y, en su través, contemplo su rostro tan ansiado en un portarretrato.
Y yo no te envío nada...
Los cables de mi casa están secos. Son hilos viejos. ¡Sin embargo, vos decís que te llego, te conmuevo y que te doy tanto! Luego cuelgo y, entre extrañada y compungida, me detengo a ver mi imagen reflejada en el ventanal y mis dudas se aclaran.
No tengo nada para darte porque todo lo entregué al amor primero. Veo en mi propio reflejo azulado, el hueco que atraviesa mi pecho de lado a lado. Y, en su través, contemplo su rostro tan ansiado en un portarretrato.
domingo, 12 de julio de 2009
de còmo aprendí a leer con el Sr. Bradbury...
Hoy no voy a postear un cuento, no... Hoy recordè y repasè, como una estudiante obsesiva, mi libro de cabecera, Farenheit 451, escrito en 1953, por un Ray Bradbury joven y visionario del futuro.
En este libro, del cual les publico el extracto màs abajo, se habla de la locura de los medios de comunicaciòn que vivimos hoy dìa... Yo no se si està bien o si està mal, sòlo se que màs alla de messengers, facebook, telèfonos celulares y mensajes de texto, a màs de la tele y la interactividad que nos propone dìa a dìa,... yo sigo recurriendo a los libros. No reniego, como lo hace Mister Bradbury, a quien admiro màs allà de lo razonable, de los medios, pero sì, los miro con respeto y cuidado ... y hasta con un poco de miedo...
Me tomo hoy el atrevimiento de recomendarles pensar, reflexionar sobre esto y, tomarse el tiempo de leer Farenheit, si no lo han hecho. A los que les gusta sòlo lo modernoso, pues van a sentir que estàn leyendo algo actual, ya que todo lo que el escritor allì describe como si fuese una exacerbaciòn de la fantasìa, hoy, es realidad.
Sì, se han cumplido las profecìas de Sir Ray, salvo las de Crónicas Marcianas (aùn no habitamos Marte), y al que crea que Bradbury es un escritor de ciencia ficciòn sòlo futurista, bueno, es porque no entiende las metàforas! Todo lo que este maestro escribe es una gran metàfora. Sus cuentos son metàforas de cinco o diez pàginas! Magistrales, y eso que recibimos traducciones que no contienen la verba atiborrada de vocabulario impresionante del escritor!
nota: el que pueda leerlo en inglès, no se lo pierda, es una experiencia increíble pero con diccionario al lado.
Personalmente, cada dìa de mi vida, desde que leì este libro, trabajo para que cada pàgina que leo, en general, del volùmen que sea, antiguo o moderno, estè plena de vida, de placer, de oscuros misterios, de sabidurìa y de experiencias ùtiles ...o simplemente de "belleza de balde", como dice Manucho Mujica Làinez, que no le hace mal a nadie.
Mil abrazos y disfrútenlo...
En este libro, del cual les publico el extracto màs abajo, se habla de la locura de los medios de comunicaciòn que vivimos hoy dìa... Yo no se si està bien o si està mal, sòlo se que màs alla de messengers, facebook, telèfonos celulares y mensajes de texto, a màs de la tele y la interactividad que nos propone dìa a dìa,... yo sigo recurriendo a los libros. No reniego, como lo hace Mister Bradbury, a quien admiro màs allà de lo razonable, de los medios, pero sì, los miro con respeto y cuidado ... y hasta con un poco de miedo...
Me tomo hoy el atrevimiento de recomendarles pensar, reflexionar sobre esto y, tomarse el tiempo de leer Farenheit, si no lo han hecho. A los que les gusta sòlo lo modernoso, pues van a sentir que estàn leyendo algo actual, ya que todo lo que el escritor allì describe como si fuese una exacerbaciòn de la fantasìa, hoy, es realidad.
Sì, se han cumplido las profecìas de Sir Ray, salvo las de Crónicas Marcianas (aùn no habitamos Marte), y al que crea que Bradbury es un escritor de ciencia ficciòn sòlo futurista, bueno, es porque no entiende las metàforas! Todo lo que este maestro escribe es una gran metàfora. Sus cuentos son metàforas de cinco o diez pàginas! Magistrales, y eso que recibimos traducciones que no contienen la verba atiborrada de vocabulario impresionante del escritor!
nota: el que pueda leerlo en inglès, no se lo pierda, es una experiencia increíble pero con diccionario al lado.
Personalmente, cada dìa de mi vida, desde que leì este libro, trabajo para que cada pàgina que leo, en general, del volùmen que sea, antiguo o moderno, estè plena de vida, de placer, de oscuros misterios, de sabidurìa y de experiencias ùtiles ...o simplemente de "belleza de balde", como dice Manucho Mujica Làinez, que no le hace mal a nadie.
Hoy les quiero regalar este diálogo tomado del libro, espero que sirva para revisar, mirar dentro de ustedes mismos y ver, si en sus vidas, al ir a buscar refugio a los libros, encuentran pàginas en blanco... como uno de los interlocutores del diàlogo, o, por el contrario... y es mi deseo, las hallan abundantes de jactanciosa hermosura, de todos los tiempos posibles, de toda la magia y la fascinaciòn que necesiten para hacer dulces vuestros sueños, activo el amor y, para que al recoger sus pedazos en los tropiezos del camino, encuentren allì las instrucciones para rearmarse y seguir dando batalla!!!
Mil abrazos y disfrútenlo...
Extracto de Farenheit 451, de Sir Ray Bradbury (1953)
…Montag titubea y luego sigue: -En un tiempo tu debes haber querido mucho los libros.
-Touche!! -responde el jefe-. Por debajo del cinturón. En la mandíbula. Con el corazón partido. Las tripas abiertas. Oh, Montag, mírame. El hombre que amaba los libros, no, el muchacho disparatado, demente por ellos, que se trepaba a las pilas como un enloquecido chimpancé.
“Me los comía como si fueran ensalada, los libros eran para mí el sándwich del almuerzo, la merienda, la cena y el bocado de medianoche. ¡Arrancaba las páginas, me las comía con sal, las ensopaba con deleite, mordisqueaba las costuras, pasaba capítulos con la lengua! Docenas, cientos, billones de libros. Llevé tantos a casa que anduve años jorobado. Filosofía, historia del arte, política, ciencias sociales; nombra el poema, el ensayo, la obra de teatro que quieras; me los comí todos. Y después….después…-la voz del jefe de bomberos se apaga.
Montag lo apremia: -y después?
-Bueno, me sucedió la vida. –El jefe cierra los ojos para recordar. –La vida. Lo de costumbre. Lo mismo. El amor que no marcha del todo, el sueño que se vuelve agrio, el sexo que se hace pedazos, las muertes demasiado rápidas de amigos que no lo merecen, el asesinato de uno, la locura de otro, la lenta muerte de una madre, el suicidio brusco de un padre… una estampida de elefantes enfurecidos, un ataque total de la enfermedad. Y por ninguna parte, ninguna, el libro justo en el momento justo para rellenar la grieta de la represa que se viene abajo y contener la inundación, o recibir una metáfora, perder o encontrar un símil. Hacia el final de los treinta años, al borde ya de los treinta y uno, recogí mis pedazos, cada hueso roto, cada centímetro de carne escoliada, magullada o herida. Me miré en el espejo y perdido bajo el asustado rostro de un joven vi un viejo, vi odio por todo, por cualquier cosa, nombra la que sea y la maldeciré, y abrí las páginas de los magníficos libros de mi biblioteca y ¿qué encontré? ¿qué, qué?
Montag se aventura: -¿Páginas vacías?
-Premio! ¡Sí, en blanco! Bah, estaban las palabras, de acuerdo, pero me resbalaban por los ojos como aceite caliente, sin ningún significado. Sin ofrecer ayuda, ni consuelo, ni paz, ni abrigo, ni amor verdadero, ni cama, ni luz.
Montag recuerda: -Hace treinta años…. Las quemas finales de bibliotecas….
-Acertado. –Beatty asiente. –Y como no tenía trabajo, y era un romántico fracasado, o lo que fuese, me presenté para la primera clase de bomberos. Primero en subir los escalones, primero en entrar en la biblioteca, primero en ese horno, el corazón ardiente de sus compatriotas siempre en llamas, ¡rocíenme con kerosene, pásenme la antorcha!
-Touche!! -responde el jefe-. Por debajo del cinturón. En la mandíbula. Con el corazón partido. Las tripas abiertas. Oh, Montag, mírame. El hombre que amaba los libros, no, el muchacho disparatado, demente por ellos, que se trepaba a las pilas como un enloquecido chimpancé.
“Me los comía como si fueran ensalada, los libros eran para mí el sándwich del almuerzo, la merienda, la cena y el bocado de medianoche. ¡Arrancaba las páginas, me las comía con sal, las ensopaba con deleite, mordisqueaba las costuras, pasaba capítulos con la lengua! Docenas, cientos, billones de libros. Llevé tantos a casa que anduve años jorobado. Filosofía, historia del arte, política, ciencias sociales; nombra el poema, el ensayo, la obra de teatro que quieras; me los comí todos. Y después….después…-la voz del jefe de bomberos se apaga.
Montag lo apremia: -y después?
-Bueno, me sucedió la vida. –El jefe cierra los ojos para recordar. –La vida. Lo de costumbre. Lo mismo. El amor que no marcha del todo, el sueño que se vuelve agrio, el sexo que se hace pedazos, las muertes demasiado rápidas de amigos que no lo merecen, el asesinato de uno, la locura de otro, la lenta muerte de una madre, el suicidio brusco de un padre… una estampida de elefantes enfurecidos, un ataque total de la enfermedad. Y por ninguna parte, ninguna, el libro justo en el momento justo para rellenar la grieta de la represa que se viene abajo y contener la inundación, o recibir una metáfora, perder o encontrar un símil. Hacia el final de los treinta años, al borde ya de los treinta y uno, recogí mis pedazos, cada hueso roto, cada centímetro de carne escoliada, magullada o herida. Me miré en el espejo y perdido bajo el asustado rostro de un joven vi un viejo, vi odio por todo, por cualquier cosa, nombra la que sea y la maldeciré, y abrí las páginas de los magníficos libros de mi biblioteca y ¿qué encontré? ¿qué, qué?
Montag se aventura: -¿Páginas vacías?
-Premio! ¡Sí, en blanco! Bah, estaban las palabras, de acuerdo, pero me resbalaban por los ojos como aceite caliente, sin ningún significado. Sin ofrecer ayuda, ni consuelo, ni paz, ni abrigo, ni amor verdadero, ni cama, ni luz.
Montag recuerda: -Hace treinta años…. Las quemas finales de bibliotecas….
-Acertado. –Beatty asiente. –Y como no tenía trabajo, y era un romántico fracasado, o lo que fuese, me presenté para la primera clase de bomberos. Primero en subir los escalones, primero en entrar en la biblioteca, primero en ese horno, el corazón ardiente de sus compatriotas siempre en llamas, ¡rocíenme con kerosene, pásenme la antorcha!
jueves, 9 de julio de 2009
De las musas y los maestros de las palabras...
Antes de postear el cuento de hoy, quiero mostrarles còmo el maestro Manuel Mujica Làinez podìa describir a una mujer, con calidad y estilo y, a la vez, usar tèrminos sencillos, nada decorados. El tema es la forma, es el còmo, es ese “no se qué” que tienen las palabras simples en manos de un artista. En fin, es el Arte con mayùsculas, ese que todos los que esgrimimos humildes bolìgrafos azules, queremos imitar tratando de que nuestros sencillos trazos se parezcan en un mìnimo a los de los Grandes Maestros de la pluma. Ahí va el párrafo extractado de La Casa, de M. Mujica Làinez:
“A los cuarenta y pico, Rosa seguìa siendo una hermosa mujer. Habìa engrosado, como es natural, y eso que tenìa de adormecido, de voluptuosamente desmayado, eso de las lentas pestañas y la boca mòrbida y las redondas caderas, habìa acentuado su criolla languidez, conservando intacta la llama del deseo de Benjamín.”
Luego va mi cuentito, La Musa de la Bella Edad, que escribì hace un par de años tomando como imagen y musa a mi sobrina Soledad, sus desventuras casi amorosas, sus anhelos y futuros posibles… Y sobre todo, su bondad y la belleza de la que es dueña, ùnica e irrepetible. Sole, un beso inmenso para vos, en uno de los mejores momentos de tu vida, ya lo conocès, el cuento fue para vos y hoy lo compartimos con el ciberespacio… Una expresión de deseo…para Sole… que se cumplan todos tus sueños!!!!
“A los cuarenta y pico, Rosa seguìa siendo una hermosa mujer. Habìa engrosado, como es natural, y eso que tenìa de adormecido, de voluptuosamente desmayado, eso de las lentas pestañas y la boca mòrbida y las redondas caderas, habìa acentuado su criolla languidez, conservando intacta la llama del deseo de Benjamín.”
Luego va mi cuentito, La Musa de la Bella Edad, que escribì hace un par de años tomando como imagen y musa a mi sobrina Soledad, sus desventuras casi amorosas, sus anhelos y futuros posibles… Y sobre todo, su bondad y la belleza de la que es dueña, ùnica e irrepetible. Sole, un beso inmenso para vos, en uno de los mejores momentos de tu vida, ya lo conocès, el cuento fue para vos y hoy lo compartimos con el ciberespacio… Una expresión de deseo…para Sole… que se cumplan todos tus sueños!!!!
La Musa de la bella edad
Tuvimos nuestra primera charla el día de su aparición en casa.
El otoño llevaba un mes sin acabar de instalarse. Todo era de un sepia agrisado en el húmedo jardín. Salvo por las rosas lilas, que tardías, mojaban los dulces pimpollos en la fría llovizna de abril.
La vi sentada una mañana en el banco de hierro y madera, en el jardìn. De espaldas a los pinos. En aquel asiento de plaza que disfrutaba del sol tibio de las tardes, todos los días. Inclinaba la cabeza de ocres y dorados. Las mechas lisas, más rubias, y las ondeadas, ambarinas, caían a los costados de la cara que sostenía con ambas palmas. Los codos los apoyaba en las rodillas ocultas por la túnica blanca de gasas y algodones. Atuendo algo liviano para esa época del año. Sobre todo por el pequeño hombro al aire, que le daba un aspecto de deidad griega salida de un libro de mitología.
El viento helado me erizó la piel cuando abrí la puerta decidida a encarar a la intrusa del parque.
Ella notó mi curiosidad. Poniéndose de pié, me enfrentó. Me quedé unos segundos pensándola estampada en una tela, pintada al óleo, sería un cuadro precioso. Tuve ganas de plasmarla, de veras. Pero el arte pictórico no era mi fuerte y desistí.
Ella seguía quieta, menuda, casi adolescente, con su liviano atuendo y su cabello encendido danzándole alrededor. Tan blanca como el vestido... era como una aparición. Una imagen de otros tiempos.
Temerosas las dos, nos acercamos una a la otra y, tomando la iniciativa, le pregunté quien era.
-Soy Soledad – susurró y pude atisbar el rostro juvenil, bañado de esa palidez sin pliegues que se ostenta cuando no se tienen muchos más de veinte años. Los ojitos alargados, titilaban llenos de inquietud, brillando como quien acabara de llorar por amor, como plagados de interrogantes. Una neblina de tristeza velaba su mirada de carey, como si su nombre fuera un sino que quisiera desmoronar. Su belleza iba más allá de lo habitual, desde su interior pugnaba por salirse de algùn molde, o sería su aguerrida lucha con el destino, o quizá su profundidad al mirar, un océano plagado de corales, de vírgenes cavernas, de inexplorados tesoros enterrados. Mar abierto, esa era la imagen que me generaba, ella era mar abierto, desde las pupilas para adentro.
Y con esas dos palabras “soy Soledad”, me había devuelto la poesía que creía muerta para siempre. Sólo diez letras y yo volvía a ser yo, gracias a una intrusa etérea que se habría escapado de un baile de disfraces.
-Yo soy Marta –le contesté y ella sonrió, como si me conociera de siempre.
-Escribe, vine para eso –sentenció divertida.
Yo estaba anonadada. Enmudecida. Ella empezó a gorjear un palabrerío incomprensible. Yo no la escuchaba. Sólo la miraba. Pensaba en qué se habría creído aquella chiquilina, irrumpiendo en mi casa, con aquellas ínfulas y pretensiones. Pensé en mi esposo y en los celos que me provocaría que vea semejante criatura. Una jovencita llena de vida y en aquella edad radiante que yo había transitado hacía ya más de diez años. Una Musa…
-Hace más de un mes que no escribes, yo vine para eso, él no me verá nunca, sólo vos lo harás –disparó como si me hubiera leído la mente.
Corrì a la casa a buscar mi cuaderno y, tomando asiento a su lado en el banco, empecé a llenar renglones de perlas y encajes, de colores y texturas, de acuarelas y óleos. Los poblé de amores no correspondidos, equivocados, incestuosos, tortuosos y también felices. Filosofé sobre la vida, sobre mis contradicciones, hice ficciones, suspenso... Y todo, en los días que ella pasó conmigo. Mientras yo dibujaba mis palabras, ella se entretenía danzando descalza sobre el pasto. Cantaba, a veces hablaba sin parar. Daba volteretas, giraba, a veces hasta volaba. De pronto miraba al sol y luego, cuando me miraba a mí, sus ojos de caramelo lanzaban destellos enceguecidos de luz que me atravesaban. Era pura energía, se bañaba con las gotas heladas de rocìo que caìan estrepitosas desde los pétalos de mis rosas al suelo, transformándose cada día en un ser más luminoso, transparente y sabio. Cada conversación con ella era más rica y esclarecedora que la anterior, y yo no quería que aquella magia acabase nunca.
Pero así como en mi mundo todo puede ocurrir, una mañana, Soledad, ya no estaba en el jardín. Yo seguí inundando de versos y prosa mi cuaderno desde el banquito soleado. Creo que la esperaba. Mucho tiempo pasó. Nunca más volvió.
Una mañana, Enrique, mi esposo, me despertó sobresaltado. Nervioso, me decía a borbotones, que su sobrina, la que se había ido a España diez años atrás, y que yo apenas conocìa, volvía esa tarde. Aquella ex-niña, llamada Soledad, vivía una vida plena en la madre patria. Casada con Diego, aquel hermoso y volàtil muchacho que quisiera desde siempre y que la siguió cuando ella, cansada y desilusionada de sus cambios de ideas y su amor indeciso, encontró en el intercambio estudiantil, una oportunidad para escapar al que creía se le esfumaba de las manos.
Soledad y Diego bajaron, como dos ángeles de visita en la tierra, por la escalerilla plateada del aviòn. Enrique, a los gritos, agitaba los largos brazos hacia ellos. Ella lo vio, corriendo se acercó a él y se fundieron en un abrazo inundado de lágrimas de las buenas.
Luego, cuando hubo terminado la efusiva bienvenida del tío, se soltó y, mirándome, se me acercó lentamente.
-Marta, hola! –me dijo, aferrándose al tímido abrazo que yo le ofrecía
Ella notó mis ojos de sorpresa. Mi temblor. Era ella? Soledad? Era “mi” Soledad? Como si hubiera leído mi mente, o quizá fuera la casualidad, arrojó cuatro cristalinas y tranquilizadoras palabras a mi cara:
-Sí, soy yo, Soledad…
El otoño llevaba un mes sin acabar de instalarse. Todo era de un sepia agrisado en el húmedo jardín. Salvo por las rosas lilas, que tardías, mojaban los dulces pimpollos en la fría llovizna de abril.
La vi sentada una mañana en el banco de hierro y madera, en el jardìn. De espaldas a los pinos. En aquel asiento de plaza que disfrutaba del sol tibio de las tardes, todos los días. Inclinaba la cabeza de ocres y dorados. Las mechas lisas, más rubias, y las ondeadas, ambarinas, caían a los costados de la cara que sostenía con ambas palmas. Los codos los apoyaba en las rodillas ocultas por la túnica blanca de gasas y algodones. Atuendo algo liviano para esa época del año. Sobre todo por el pequeño hombro al aire, que le daba un aspecto de deidad griega salida de un libro de mitología.
El viento helado me erizó la piel cuando abrí la puerta decidida a encarar a la intrusa del parque.
Ella notó mi curiosidad. Poniéndose de pié, me enfrentó. Me quedé unos segundos pensándola estampada en una tela, pintada al óleo, sería un cuadro precioso. Tuve ganas de plasmarla, de veras. Pero el arte pictórico no era mi fuerte y desistí.
Ella seguía quieta, menuda, casi adolescente, con su liviano atuendo y su cabello encendido danzándole alrededor. Tan blanca como el vestido... era como una aparición. Una imagen de otros tiempos.
Temerosas las dos, nos acercamos una a la otra y, tomando la iniciativa, le pregunté quien era.
-Soy Soledad – susurró y pude atisbar el rostro juvenil, bañado de esa palidez sin pliegues que se ostenta cuando no se tienen muchos más de veinte años. Los ojitos alargados, titilaban llenos de inquietud, brillando como quien acabara de llorar por amor, como plagados de interrogantes. Una neblina de tristeza velaba su mirada de carey, como si su nombre fuera un sino que quisiera desmoronar. Su belleza iba más allá de lo habitual, desde su interior pugnaba por salirse de algùn molde, o sería su aguerrida lucha con el destino, o quizá su profundidad al mirar, un océano plagado de corales, de vírgenes cavernas, de inexplorados tesoros enterrados. Mar abierto, esa era la imagen que me generaba, ella era mar abierto, desde las pupilas para adentro.
Y con esas dos palabras “soy Soledad”, me había devuelto la poesía que creía muerta para siempre. Sólo diez letras y yo volvía a ser yo, gracias a una intrusa etérea que se habría escapado de un baile de disfraces.
-Yo soy Marta –le contesté y ella sonrió, como si me conociera de siempre.
-Escribe, vine para eso –sentenció divertida.
Yo estaba anonadada. Enmudecida. Ella empezó a gorjear un palabrerío incomprensible. Yo no la escuchaba. Sólo la miraba. Pensaba en qué se habría creído aquella chiquilina, irrumpiendo en mi casa, con aquellas ínfulas y pretensiones. Pensé en mi esposo y en los celos que me provocaría que vea semejante criatura. Una jovencita llena de vida y en aquella edad radiante que yo había transitado hacía ya más de diez años. Una Musa…
-Hace más de un mes que no escribes, yo vine para eso, él no me verá nunca, sólo vos lo harás –disparó como si me hubiera leído la mente.
Corrì a la casa a buscar mi cuaderno y, tomando asiento a su lado en el banco, empecé a llenar renglones de perlas y encajes, de colores y texturas, de acuarelas y óleos. Los poblé de amores no correspondidos, equivocados, incestuosos, tortuosos y también felices. Filosofé sobre la vida, sobre mis contradicciones, hice ficciones, suspenso... Y todo, en los días que ella pasó conmigo. Mientras yo dibujaba mis palabras, ella se entretenía danzando descalza sobre el pasto. Cantaba, a veces hablaba sin parar. Daba volteretas, giraba, a veces hasta volaba. De pronto miraba al sol y luego, cuando me miraba a mí, sus ojos de caramelo lanzaban destellos enceguecidos de luz que me atravesaban. Era pura energía, se bañaba con las gotas heladas de rocìo que caìan estrepitosas desde los pétalos de mis rosas al suelo, transformándose cada día en un ser más luminoso, transparente y sabio. Cada conversación con ella era más rica y esclarecedora que la anterior, y yo no quería que aquella magia acabase nunca.
Pero así como en mi mundo todo puede ocurrir, una mañana, Soledad, ya no estaba en el jardín. Yo seguí inundando de versos y prosa mi cuaderno desde el banquito soleado. Creo que la esperaba. Mucho tiempo pasó. Nunca más volvió.
Una mañana, Enrique, mi esposo, me despertó sobresaltado. Nervioso, me decía a borbotones, que su sobrina, la que se había ido a España diez años atrás, y que yo apenas conocìa, volvía esa tarde. Aquella ex-niña, llamada Soledad, vivía una vida plena en la madre patria. Casada con Diego, aquel hermoso y volàtil muchacho que quisiera desde siempre y que la siguió cuando ella, cansada y desilusionada de sus cambios de ideas y su amor indeciso, encontró en el intercambio estudiantil, una oportunidad para escapar al que creía se le esfumaba de las manos.
Soledad y Diego bajaron, como dos ángeles de visita en la tierra, por la escalerilla plateada del aviòn. Enrique, a los gritos, agitaba los largos brazos hacia ellos. Ella lo vio, corriendo se acercó a él y se fundieron en un abrazo inundado de lágrimas de las buenas.
Luego, cuando hubo terminado la efusiva bienvenida del tío, se soltó y, mirándome, se me acercó lentamente.
-Marta, hola! –me dijo, aferrándose al tímido abrazo que yo le ofrecía
Ella notó mis ojos de sorpresa. Mi temblor. Era ella? Soledad? Era “mi” Soledad? Como si hubiera leído mi mente, o quizá fuera la casualidad, arrojó cuatro cristalinas y tranquilizadoras palabras a mi cara:
-Sí, soy yo, Soledad…
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