viernes, 7 de agosto de 2009

EL LLANTO DEL ÀLAMO (VERSION DE ALFREDO)

Esa mañana mi sentimiento fue abordado por el asombro. No sabía la razón, pero el patio se había llenado de hojas, mas de lo habitual. Era una mañana de agosto y el álamo se había desprendido de gran parte de su frondosa copa, hasta ayer repleto de hojas.
Un clic se hizo en mi mente y advertí que a aquel imponente coloso le había llegado su hora y no me queda otra alternativa que limpiar el lugar y depositar sus restos en una vieja bolsa de consorcio.
Cada tanto lo observo compungido y me siento muy triste. No recuerdo desde cuando esta allí aquel viejo álamo, pero es parte de mi historia, de mis raíces y temo también por mí. El y yo somos uno.
Siento el espíritu de ese ser vivo que tanto significado tiene, que fue testigo de toda mi vida y me siento agradecido.
El es mi vida y lo sabe. Y nos damos consuelo mutuo y tiene conocimiento de toda la historia, confesada tantas veces en mis días de frustración.
Es más que un árbol centenario, es la sabiduría, el amor eterno que perdura a través de los siglos. Es el árbol de la vida, por lo menos para mí.

EL LLANTO DEL ÀLAMO (MARTA MENA)

Una ondulada marea crepitante recibió mis pasos asombrados, aquella mañana de agosto.
El álamo habría llorado intensamente la noche entera, acongojadas penas de amor, para alfombrar el patio de esa manera.
Y mientras percibo la triste mirada plateada, desde las alturas de aquel árbol añoso sobre la insignificancia de mi persona, tomo la escoba y me dispongo a barrer las hojas. Con cuidado, con respeto, arrastro silenciosamente sus tristezas y lágrimas, cada tanto miro hacia su copa raleada, de soslayo, temerosa de ofender su magnificencia con mis afanes domésticos de encontrar los escondidos baldosones de cemento que atrapan sus raíces, ésas que sostienen mi casa.
Pero cada tanto me eriza la piel de la nuca, un sibilante suspiro, el hálito aliviado que le produce, mi simple tarea de barrido y embolsado. Como una enfermera necesaria que alcanza un te o vacía una bacinilla, o incluso retira los paños recalentados de la frente de un moribundo.
Funcionales el uno al otro, en mudo y mutuo entendimiento, mientras respiro su aire vegetal y me muevo en la cadencia de sus composiciones musicales de viento y clorofila, tomo conciencia de una existencia espiritual, centenaria, de amor eterno, y de su sabiduría intransferible encerrada durante siglos dentro de un tronco encadenado al suelo de esta casa.

martes, 4 de agosto de 2009

Viajar con la imaginaciòn...

A veces, tenemos el sueño de viajar, pero por una cosa u otra, no podemos darnos ese gusto, lujo o como le quieran llamar. Algunas personas tienen en su vida, como un sino, los viajes alrededor del mundo. Aunque quieran esconderse, atarse al poste de luz de su casa o lo que sea, para quedarse, los viajes los encuentran, pero aún así, no logran luego, transmitir con veracidad y vehemencia, la gracia de cada pueblo, la magnificencia de las grandes ciudades o la arrogancia de la naturaleza, salvo que sea, mostrando miles de fotos. La fotografía es un arte válido claro que si, pero si va acompañado de una vívida descripción, relato, o experiencia vivida, es infinitamente mejor y màs rica.
En literatura se estila para crear un ambiente, una situación de la historia, hacer una pequeña o gran investigación, antes de iniciar, por ejemplo, una novela. En este caso me propuse como ejercicio, tomar el atlas, papel o virtual, y ponerme a tomar data de algún lugar x, que quisiera conocer en mi imaginación. Hice un recorrido en mi mente, si quieren llamarlo virtual sin tecnología, podrìa ser… y me lancè a contar una historia fantàstica, rodeada de cosas que pueden suceder, impactar, o vivenciarse en un determinado periplo turìstico.
Creo que es un ejercicio interesante de narración, de imaginación y de creación literaria y si puede lograr que un lector, sienta el viaje, vea lo que yo quiero que vea, sienta el cansancio maratònico que siente el protagonista en su odisea, incluso como hago aquì, en tiempo presente, para que sea màs real aùn… bienvenido… ustedes diràn si han viajado conmigo o no, en este cuentito que sigue.
Tengamos en cuenta que William Faulkner escribìa en el granero de su granja y jamàs viajaba y sin embargo, nos ha hecho conocer tantos lugares impensados. Acaso nadie de ustedes ha viajado con Verne? Yo conocì Marte y sus lunas con Bradbury, que en short, medias y zapatos negros, dudo que haya ido muy lejos, y menos, bajo ningún aspecto, que Mr. Crònicas Marcianas, haya estado allì màs que en su frondosa imaginaciòn!!! Pero todo lo que èl me describiò con su pluma encantada... vaya si lo vì!!!
Abrazos inmensos, prepárense un café y los espero en el cuento que sigue!!!!

La princesa de los arrozales

Pegado a la ventanilla del avión, estudiaba la encadenada cartografía de los montes Himalayas.
Ansiaba conocer aquel país de exquisitos templos milenarios, cuyos tesoros protege con su vida uno de los pueblos mas pobres de la tierra.
Frente a sus ojos se divisaban unas serpenteantes cintas verdosas que surcaban el desierto, recordó que según su escueta investigación, serían los ríos Jumma y Ganjes. Esos mismos, cercaban algunas de las tantas poblaciones que él iba a visitar. La ondeante cadena dorada, se había transformado con el descenso de la nave, en una muralla infranqueable cada vez más alta y lejana.
Entre un montón de palabras impronunciables que lo dejaron impávido, reconoció solo tres, aeropuerto - Nueva Delhi. Fueron mas que suficientes. Había llegado.

Dormía profundamente, cuando el incesante sonido del teléfono de su habitación le recordó que el guía estaría listo esperando al soñoliento grupo. Incorporarse fue un esfuerzo exagerado, después de cuatro jornadas de pleno verano hindú visitando la enjoyada capital, los inundados arrozales, soportando las furiosas lluvias estivales que premiaban a los valles del Ganjes, del Indo y el delta ahogándolos en una sopa laboriosa de gente y de arroz. Ya no sabía ni siquiera en donde se encontraba al momento de levantarse. Para colmo, su estómago, desacostumbrado a la prodigalidad turística de delicadezas típicas, en vez de agradecerlas, respondía con nauseabundos aullidos, retorciéndole vehemente las entrañas.
Cuando estuvo listo, se aseguró de tener algunas rupias en la billetera. Se colgó la mochila y miró la hora. Las cinco de la madrugada.
No quedaba otra. Agra, la región que visitaría ese día, estaba bastante lejos de su lugar de alojamiento.
Durante el viaje supo que el Ganjes era un río místico, religioso. Un ceniciento riosanto de almas puras de hombres, mujeres y sobre todo niños desnutridos, que recorrieron la historia de ese país castigado, cuidando y alimentando meticulosamente a aquellas enormes vacas sagradas que pululaban por todas partes, sobreviviéndolos.
El viaje estaba resultando una experiencia fascinante. Las impresionantes contradicciones de lo que había visto hasta ese momento, lo desvelaron.

La combi que los trasladaba rodaba despacio. Ante sus ojos húmedos pasaba el interminable hormiguero de obreros que participaban de la cosecha del cereal aguado. La miseria se palpaba en la pesadez del aire. De repente, un monzónico vendaval repentino elevó una tela transparente de entre la encorvada masa humana. Una marea de pelo negro se desparramó a los lados del cuerpo esbelto, que se enderezaba rápidamente. Corrió tras el paño, etérea, con una especie de manto raído y grisáceo anudado aquí y allá, a modo de vestido, que la cubría toda. Le pareció una diosa oscura, desesperada, que desprovista de su chal resultaba indefensa, con toda su belleza descubierta.
Al pasar el vehículo a su lado, lo iluminó la mirada brillante de esmeraldas que le dirigió la muchacha. La observó directamente con insistencia y curiosidad. Ella percibió la invasión y se cubrió a medias el rostro con el dorso de la mano, sin dejar de mostrarle la vastedad acuática de sus ojos claros.
Nunca olvidaría ese momento, ni la expresión angustiosa de esa mirada.

Aproximadamente una hora después, entraban en Agra. Conocerían el famoso mausoleo Taj Mahal, emblema del arte Mughal. Caminaron lentamente por el jardín, relfejándose en el rectangular estanque central hacia la descomunal puerta y apreciando toda su magnificencia.
Una vez dentro de la tumba, supo que veinte mil hombres durante veinte años trabajaron para construirla. Todo por el amor del Sha Jahan, a su fallecida esposa favorita, Arjumand Banu Bagam, conocida con el apodo de Mumtaz Mahal, la elegida del palacio, que fuera muerta durante una guerra en la plenitud de su vida. Cuando le relataban la historia, pensaba si ella habría sido tan bella como la mujer del arrozal.
Se alejó momentáneamente del grupo para observar las numerosas inscripciones coránicas. Cuando miró a su alrededor vio que estaba completamente solo. Siguió andando, y apareció dentro de una sala octogonal. Caminó hacia una especie de monumento de mármol central. Eran los cenotafios de Mumtaz Mahal y del Sha Jahan.
Juntos para toda la eternidad -pensó tristemente
Cuándo quiso retomar la marcha, se encontró frente a una luminosa joven, envuelta en gasas rojas, anaranjadas, aliladas, que bailaba frenéticamente perfumando de especias el aire que él respiraba, mareándolo.
Se sentía transportado hacia otro tiempo, por un momento pensó que ella sería una atracción para los turistas. Pero allí no había nadie más que él. Ella comenzó a acercarse. Tanto, que le distinguió unos destellos de aguamarina en la mirada. La piel de aceituna se adivinaba entre los arabescos de su danza. Hasta que él de un zarpazo, quitó el velo que cubría a medias su cara ovalada y detuvo el hechizo.
Era ella, pero ahora envuelta en sedas, bañada en perlas, incrustada de piedras. Pero era ella, la mujer del arrozal.
-Vuelve con tu favorita, Jahan, amor mìo… -suspirò ella pegándole los labios rojos en la oreja.
Cuando él quiso tocarla, desapareció como una ráfaga.
Se quedò desconcertado y con el transparente velo pendiendo de su puño apretado.

viernes, 31 de julio de 2009

Un tema urticante, el del pròximo post...

Hay temas jodidos y èste del cuento que posteo seguidamente, es uno de ellos. No intento polemizar, pero sì avisar, que el contenido de éste, puede no gustar. De hecho, a un amigo muy querido, le pareciò un espanto.
Vi la noticia en la tele de la nena que cayò vìctima de un pedòfilo a travès del Chat y recordè… esta idea que me habìa surgido hace un tiempito.
A veces las cosas no son como las imaginamos, ni como las dan a conocer las noticias. Hay pedòfilos, por supuesto, cada dìa màs, pero tambièn, debemos reconocer que los niños tienen cada vez màs, inquietudes a edades màs tempranas.
Tienen inquietudes sobre sexualidad, una gran necesidad de comunicación con padres ausentes, y tienen acceso a programas de tv a toda hora de dudoso contenido, a información en la red y demàs yerbas que hace veinte años no existìan.
Tampoco todos los niños son iguales. Yo fui muy madura a edades tempranas, no me olvido de mi niñez y, ahora quizà sea por eso, que soy una adulta muy inmadura a edades “viejardas”.. Pero recuerdo con nitidez, esas inquietudes, los temas que tocàbamos con amigas parecidas y afines a mì y tambièn esos enamoramientos imposibles… que de haberlo sido, hubieran llevado a la càrcel a uno de sus integrantes…
Este es un cuento màs, quizà acepto que es un tema chotìsimo, pero con el estilo narrativo que me interesa y con esa dualidad que me gusta practicar y quizà algún día me salga.
Lamento y pido disculpas si a alguien ofende. Si yo tuviera hijas o hijos, morirìa si les sucediera el diez por ciento de lo que aquì cuento, tampoco mi reacción serìa la misma de la madre que describo, pero debo reconocer que hay gente, de mi edad, con niños de pocos años que no sabrìan siquiera còmo reaccionar. Es un cuento, no le sucediò a nadie que conozca.
Les mando un abrazo… la literatura es un gran espejo en que se reflejan las virtudes, pero tambièn las miserias del ser humano…(esta frase no es de nadie, creo, la acabo de escribir yo, que tampoco invento nada de nada).

ALGO HURTADO AL MUNDO DE LOS ADULTOS

Los redondeados dedos infantiles volaban sobre las teclas de la computadora, como hacía más de un año. Era la hora del mediodía en Buenos Aires. Ese tiempo muerto entre la clase de gimnasia y la de biología. Minutos robados, mientras los padres trabajaban, y ella corría a su casa a pasarlos con él.
El sol arrastraba los lentos segundos de aquella hora solitaria, alargando apenas los desolados días otoñales.
Se apuró a ingresar en la red, fue pasando rápidamente las instancias hasta lograr ver el nombre de su “cyber amigo” en la pantalla. Exhalando un suspiro enmarcado en una dulce sonrisa, lo dedicó a su extraño amor.
Recibió aquel “-hola maja”, ruborizándose una vez más. Como si el Atlántico fuese el arroyito de su barrio suburbano y él estuviese en la otra orilla, mirándola.
Alisó nerviosa la faldita tableada del uniforme escolar, asegurándose que la cámara de video estuviese desconectada…

Un eco de aires marinos llegó danzando sobre el asfalto madrileño y se abrió paso a través de la ventana entornada de la casa de él. El vientecito travieso lo distrajo levantando delicadamente la manta que cubría sus piernas eternamente adormecidas. Un minúsculo sonido le indicó que ella estaba allí, y le respondía con el “Hola amor” que él tanto esperaba. Esos dos simples vocablos que lo devolvían a la vida, pronunciados por las letras vivas de una mujer que le había confiado su soledad en un espacio sin distancias.
Y así comenzaba el diario deleite de las conversaciones encumbradas entre andariveles metafísicos e intelectuales. Y terminaban, enamorados, entre promesas y abrazos virtuales.

-Debo volver a mi trabajo –tipiaba ella, repentinamente aseñorada, pensando tal vez en la reiterada llegada tarde a la clase de biología.
-Pues ve, Señora mía, que tu jefe te regañará otra vez –sentenciaba él, escribiendo a toda máquina, para no demorar a la secretaria ejecutiva. Extrañándola de antemano en el lento deslizar de las ancianas horas de su vida.

Él le había mostrado su vida en párrafos frondosos de color y gloria pasados. Ella, ya sabía de sus hijos, nietos, bisnietos. Conocía la profunda herida de su viudez. Aquel refugio que fueron la literatura y la filosofía. Incluso el hombre le había enviado por correo sus trabajos más loados. Aquellos que lo habían llevado a la fama y el reconocimiento internacional, a pesar de su octogenaria inmovilidad. Él sabía que le quedaba poco por hacer, pero así y todo, la amaba de verdad y sentía lo mismo de parte de ella. En cada frase, en cada silencio, incluso cuando ella callaba al verlo sonreír y mandar besos volátiles a través de su cámara de video.
Él le arrojaba temerarios avances matrimoniales, a fin de lograr llevarla con él a España. La niña rechazaba estos románticos accesos comentando acerca de un esposo negligente pero muy amado. Mencionaba siempre la esperanza de salvar lo que habían construido juntos, a pesar de todo (de todo lo que había inventado, para poder hablar con el anciano). Ella siempre le dijo que no tenía dispositivos de audio y video; y sólo le mostraba un par de fotos en las que aparecía su opulenta madre, ya cuarentona, con sus atributos notorios, en una playa de la costa atlántica.
Él había comenzado a sentir el impulso viril entre la flacidez de las piernas, al ver aquellas imágenes provocativas. Aunque la había amado sin verla, entre los chispeantes renglones inteligentes que la chica enviaba, sin dejar de sorprenderlo jamás.

Aquel extraño día, harto de los imposibles de la mujer allende el mar, decidió proponerle juegos sexuales. Pensaba que la ansiedad de ser amada carnalmente le provocaría apurar lo inevitable. La separación de su esposo y la promisoria vida junto a él... en la otra orilla.
-Mi vida, hoy jugaremos un juego… -susurró con aquella voz elucubrada para amarla sólo a ella.
-ok –tipió ella, acariciando las trencitas terminadas en hebillas adornadas con el osito Pooh.
La cámara inició su conexión y le trajo las imágenes de aquel amor viejo que la haría sentir mujer, en ese raro momento tantas veces postergado.
Ella tiritaba, sola frente a la pantalla. Mientras lo veía ajustando la cámara y el micrófono, lo observaba en su sillón de ruedas y se levantaba las medias tres cuartas, avergonzada.
Finalmente, él quitó la manta de sus rodillas. Le pidió que ponga sus fotos de la playa que eran en realidad, las de la madre...
Y comenzó el juego...
Ella no tipiaba, no debía hacerlo. Estaba allí, mirándolo con sus inmensos ojos claros. Hacía lo que él le pedía.
Él hablaba lento, acariciando cada palabra. Detallaba todo lo que pasaría en su primer encuentro amoroso. El se refirió a sus pechos como si fuesen pesados y exuberantes y ella, se irritó acariciando sus pezoncitos apenas sobresalientes de un torso flaco de niña.
Llegó un punto en la erótica sesión, en que la chica empezó a gemir suavemente, transportada por las palabras del viejo, desbordante de sensaciones desconocidas. Vio al anciano descontrolarse de pasión, llamándola por el nombre de la madre. Al fin, el hombre acabó el juego y le mostró la penosa verdad sobre sus manos anudadas. Ella no pudo responder alarmada por el espasmódico goce que esto le había producido.
El hombre le preguntó si lo amaba. Continuaba semidesnudo, en su silla, agotado, bello aún en su senilidad por haberse sentido joven y querido. Le preguntaba si ella había sentido todo el placer completo. Pero ella no respondió.
Volvió a preguntarle...

Ella no respondía...

Se inquietó.

Pensó si acaso ella se habría horrorizado de su despliegue, a su edad. O tal vez, su esposo la hubiese descubierto. No sabía qué pensar. Sólo la llamaba, una y otra vez.

Esperaba y volvía a intentarlo...

De pronto la cámara porteña se encendió por primera vez. La hermosa mujer madura de las fotografías estaba frente a él, con una camisa abierta y los tremendos senos al aire.

-Cerdo pervertido! Estalló a los gritos, abriendo el audio. -Yo soy una hembra, viejo asqueroso, yo!–sacudía los pechos con las manos, desafiante -Qué hacía con mi hija!. Demente! Es una nena! –gritaba enloquecida.

Los crueles apelativos estallaban en Buenos Aires, cruzaban agua, cielo y tierra, para estrellarse reventando los vidrios de la casona colonial y destrozar la última esperanza en el frágil corazón de un hombre viejo.
Una catarata de lágrimas huecas le nublaban la horrenda visión de la brutal paliza que la mujer de sus sueños propinaba a una desconocida y desnuda niña de trenzas.
El anciano quería hablar, desesperado. Estiraba las manos afiebradas hacia la pantalla. Abría la boca sin poder explicar algo que apenas estaba intentando comprender, al ver a la muñeca inmòvil que no pasaba de los doce o trece años yaciendo acurrucada en un rincón, bañada en sangre. Quería recibir los golpes que estaban destinados a él, y no a ese cuerpecito dèbil que acababa de conocer algo que no debía... Algo hurtado al mundo de los adultos.
De pronto vio, espantado, a la mujer arrojarse al suelo y levantar en brazos a la criatura inconsciente. Notó que de la cabecita manaba un chorro de sangre y cuando la madre lo descubrió emitió un aullido herido y corriò con su liviana carga, fuera de la habitación.

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Minutos más tarde, el padre de la niña, entró en la habitación a buscar una muda de ropa para su hija que se reponía en el living. Al ir hacia el placard, notó la computadora encendida y aún conectada a la red. Se acercó para apagarla y vio al viejo en el pequeño cuadro madrileño y lejano. Tenía la cabeza ladeada, los ojos vacíos en un rictus de horror y los brazos a los lados de su silla de ruedas, colgantes y goteando las ultimas perlas de un rojo oscuro.
El hombre no hizo ningún gesto. Mirò la escena un par de segundos. Desenchufò violentamente la máquina, y dando un portazo, salió.

martes, 14 de julio de 2009

Un relato hiperbreve

El relato hiperbreve, muy usado por la genial escritora Ana Marìa Shùa, es siempre atractivo para los ansiosos, como yo.
En este estilo narrativo se puede decir mucho, con muy pocas palabras y en unas pocas lìneas.
Para lograr ese aire misterioso, de texto en clave, hay que releer y revisar, una y otra vez lo escrito, y tratar de que cada palabra sea elegida con sumo cuidado para trasmitir aquello que se quiere decir, lo más exactamente posible. Ademàs, tambièn tenemos que hacer literatura embelleciendo con imàgenes! Hay que recordar que es un arte. Y lo mejor de este ejercicio es justamente intentarlo, una y otra vez, sacar unas palabras y poner otras, pulir, retirar artìculos, perfeccionar tiempos de verbo y demàs. Todo, sin pasar de los diez renglones.
Y si luego de todo esto, lo que queremos decir sigue ahì, Bingo!, jajjaj.
Los dejo con este pequeño juego, se aceptan siempre comentarios, interpretaciones varias, etc.
Abrazos inmensos