Hoy me propuse intentar el cuento policial. Es un gènero interesante, en que se puede incursionar en otro tipo de literatura. Es muy distinto a lo fantàstico donde me he metido màs, espacio ideal donde las imàgenes y metàforas no tienen lìmites, pràcticamente. Aquì hay que precisar datos, ser concreto, especìfico... Y como justamente, eso no es mi especialidad, aquì va un pequeño intento de esto, y vale como ejercicio literario, si se quiere, para despuntar el vicio de la escritura.
Aquì la poesìa se pierde, dejando lugar a lo que sirva a la historia en sì, y sobre todo, como en todo policial, aparece la historia contada desde varios àngulos.
Emulando a los grandes, asì se aprende, al menos así se enseñan estas cosas, de las que nadie en sì, tiene la fòrmula.
Bien valen todos los intentos. Para luego ir enfilando hacie el estilo que uno decida para meterle para adelante, y profundizar.
Que lo disfruten en un dìa gris, con el mate eterno o un buen cafè!
martes, 22 de septiembre de 2009
La Condena
Más bella que un ocaso en la playa, sola, abandonada, caminaba de lado a lado por la terraza de su ostentosa residencia. Miraba fijamente hacia el ondulante parque que la circundaba, sin verlo. Las lágrimas desteñían su mirada felina, la tornaban frágil, a pesar de su imponente contextura.
Al mirar hacia el jardín, alcanzó a ver la menuda silueta de la nueva mucama, acariciada por una nube de oro hasta la cintura. Era una chica quinceañera, que su marido había insistido en emplear. Desde la terraza de su dormitorio parecía mas pequeña , parecía inocente...
Helena sintió un escalofrío y entró a la casa, la saludó el retrato de un hombre joven, cuarentón, como ella, pero rubio, con ojos claros y facciones hermosas. Era su esposo y había desaparecido tres días atrás, sin llevarse nada.
Creyó conocerlo. Luego de casados se enamoró en seguida, de èl y de la vida soñada que le ofrecìa… El era un hombre maravilloso, pero evidentemente, no había logrado enamorarlo. En el corto par de años que llevaban juntos, se dio cuenta de que el matrimonio había sido solamente un contrato conveniente para ambos.
Analizaba permanentemente todos los diálogos que mantuvieron en los momentos previos a que se esfumase sin dejar señales. Se acostó. Sus ojos lavados de lágrimas, desteñían tinta negra sobre las sábanas. Luego de varias horas, se durmió.
A la mañana siguiente, un inspector policial le informó que iniciaría las averiguaciones y la búsqueda. Como primera medida, tomaría declaraciones sobre los momentos previos a la desaparición, a los que lo hubieran visto y tratado directamente en esas ocasiones.
La primera en hablar a solas con él fue ella, Helena:
“Dormí profundamente toda la noche y no noté que mi esposo faltase de mi lado en algún momento, aunque pudo haberlo hecho sin que me diera cuenta.
Esa mañana, la mucama nos sirvió el desayuno en la terraza de la planta alta. Fue un momento muy grato, mi marido estaba radiante y la brisa otoñal no lograba apagar los rubores de su cara. Hizo comentarios menores sobre un negocio importantísimo que lo tenía muy ocupado, pero también lleno de ilusiones. Se veía feliz y como siempre, fue extremadamente cariñoso conmigo al despedirse para ir a su empresa. Al mediodía hizo un breve llamado telefónico, que respondió la mucama porque yo no estaba en casa. Me dijo que avisaba que no vendría a cenar, porque su negocio estaba a punto de sellarse. Después de aquello, no supe más de él. En la empresa, su secretario, me informó que se había retirado a la hora habitual, sin hacer ningún comentario. Y eso fue todo.”
Más tarde, el inspector pidió hablar con la mucama en una sala apartada. Helena le dijo que podría verla en las dependencias de servicios. Era una pequeña construcción de dos ambientes, en el fondo de la propiedad que ella había mandado hacer, de tal modo que tuvieran privacidad.
“Me había retirado a dormir a la misma hora que los señores. Pero aproximadamente a las dos de la madrugada, el señor golpeó mi puerta para que le preparase un sándwich, y le buscara unas aspirinas. Me levanté, como siempre, e hice lo que me pidió. Conversé algunas palabras sin importancia con él y cuando terminó la comida, se retiró a la casa grande.
A la mañana del día siguiente, los señores se levantaron a la hora de siempre y les llevé el desayuno a la terraza porque el día se presentaba soleado. El señor se veía algo serio, no me hizo bromas, como acostumbraba, y luego yo volví a la cocina. Cuando fui para retirar el servicio, una hora después, la señora tenía lágrimas en los ojos. Escuché el portazo en la sala principal y el chirriante sonar de los neumáticos al salir violentamente el señor en su auto.
Al mediodía, llamó por teléfono y avisó que no vendría a cenar. Dijo que esa noche tendría una cena de trabajo para sellar el negocio que lo tenía tan ocupado.
Después no supimos mas de él. La señora Helena y yo estamos desoladas.”
El inspector, luego contactó al jardinero que habitualmente visitaba la casona. Le preguntó si había estado para la fecha de la desaparición del señor. Le respondió que estuvo presente todos esos días porque estaba preparando el parque para una recepción que darían, la semana entrante.
“El día anterior a que el señor desapareciera, yo me quedé hasta tarde. Los vi cuando cenaron, rápidamente y muy serios. La señora se volvió molesta y apagada desde que la chiquilina empezó a cascabelear por la casa. Serían casi las doce, y ellos se retiraron a dormir. Yo les avisé que me quedaría a limpiar las herramientas. La chica también se fue hacia su vivienda.
Serían casi las dos de la madrugada, me estaba yendo cuando vi pasar como una ráfaga al señor. Lo seguí. Entró a la casita de la mucama. Imaginé lo que pasaría allí dentro, y escandalizado, me fui.
A la mañana siguiente, atendía mis tareas, mientras ellos desayunaban en la terraza de su dormitorio. Discutían a viva voz. El se detuvo cuando entró la muchachita. Le cambió el semblante. Cuando se fue, luego de servirles el desayuno, la discusión continuó peor que antes.
Mas tarde él partió a toda velocidad en su auto y la señora quedó llorando sola en la terraza.”
El inspector cavilaba sobre los tres relatos. Era evidente que la muchachita y el hombre tenían un romance. Pero porqué la señora le mintió tanto?. Por qué el se fue y la joven se quedó en el caserón, Dónde estaba?, Que planearía?
Helena habitaba como una sombra la casa oscura. Otra vez como aquella noche el insomnio la retenía en la terraza del dormitorio. La chica, como siempre desde hacía dos meses, caminaba por el jardín, como esperándolo. Alcanzó a ver la curva prominente que abultaba su vientre, cuando pasó frente a la luz amarilla que iluminaba los jazmines, por la noche. Ella lo había presentido. No la echó porque, pensaba que si la retenía, su esposo volvería.
Un par de semanas después el inspector se hizo presente con una carta.
-Un amigo de su esposo, que exigió quedar en el anonimato, dijo que le dejó esta carta para usted.
Mientras el hombre observaba la creciente palidez de la jovencita, Helena la leyó.
“Helena,
Sé que me amas mucho y también es cierto que yo había empezado a quererte del mismo modo.
Te imagino horrorizada. Mercedes es una nena todavía y yo un niño avejentado esperando en una esquina un micro escolar, perdido para siempre. Ella logró que me olvidase de la moral, de la responsabilidad, de vos, de todo.
Mis instintos dormidos, mi pasión contenida, se desataban cuando su halo de frutillas y menta perfumaba nuestra casa.
Sinceramente, me dejé encontrar una vez y luego era yo el que exigía jugar su juego. Pero una de esas noches me dijo lo de su embarazo y fui conciente del fondo barroso que intuía en la laguna mansa de sus ojos. Palpé la magnitud de lo que había hecho y huí de todo y de todos.
Por favor, cría a mi hijo, Helena, como si fuese nuestro. Ve que la chica, vuelva con sus padres. Esos mismos que firmaron todo para darme al niño por una suma miserable.
Iba a volver a tu lado, a pesar de mi vergüenza, a suplicar tu perdón. Pero es mejor que lo pierda todo, que cumpla la peor pena no poder compartir contigo a mi propio hijo.
La cobardìa serà mi condena…
Al mirar hacia el jardín, alcanzó a ver la menuda silueta de la nueva mucama, acariciada por una nube de oro hasta la cintura. Era una chica quinceañera, que su marido había insistido en emplear. Desde la terraza de su dormitorio parecía mas pequeña , parecía inocente...
Helena sintió un escalofrío y entró a la casa, la saludó el retrato de un hombre joven, cuarentón, como ella, pero rubio, con ojos claros y facciones hermosas. Era su esposo y había desaparecido tres días atrás, sin llevarse nada.
Creyó conocerlo. Luego de casados se enamoró en seguida, de èl y de la vida soñada que le ofrecìa… El era un hombre maravilloso, pero evidentemente, no había logrado enamorarlo. En el corto par de años que llevaban juntos, se dio cuenta de que el matrimonio había sido solamente un contrato conveniente para ambos.
Analizaba permanentemente todos los diálogos que mantuvieron en los momentos previos a que se esfumase sin dejar señales. Se acostó. Sus ojos lavados de lágrimas, desteñían tinta negra sobre las sábanas. Luego de varias horas, se durmió.
A la mañana siguiente, un inspector policial le informó que iniciaría las averiguaciones y la búsqueda. Como primera medida, tomaría declaraciones sobre los momentos previos a la desaparición, a los que lo hubieran visto y tratado directamente en esas ocasiones.
La primera en hablar a solas con él fue ella, Helena:
“Dormí profundamente toda la noche y no noté que mi esposo faltase de mi lado en algún momento, aunque pudo haberlo hecho sin que me diera cuenta.
Esa mañana, la mucama nos sirvió el desayuno en la terraza de la planta alta. Fue un momento muy grato, mi marido estaba radiante y la brisa otoñal no lograba apagar los rubores de su cara. Hizo comentarios menores sobre un negocio importantísimo que lo tenía muy ocupado, pero también lleno de ilusiones. Se veía feliz y como siempre, fue extremadamente cariñoso conmigo al despedirse para ir a su empresa. Al mediodía hizo un breve llamado telefónico, que respondió la mucama porque yo no estaba en casa. Me dijo que avisaba que no vendría a cenar, porque su negocio estaba a punto de sellarse. Después de aquello, no supe más de él. En la empresa, su secretario, me informó que se había retirado a la hora habitual, sin hacer ningún comentario. Y eso fue todo.”
Más tarde, el inspector pidió hablar con la mucama en una sala apartada. Helena le dijo que podría verla en las dependencias de servicios. Era una pequeña construcción de dos ambientes, en el fondo de la propiedad que ella había mandado hacer, de tal modo que tuvieran privacidad.
“Me había retirado a dormir a la misma hora que los señores. Pero aproximadamente a las dos de la madrugada, el señor golpeó mi puerta para que le preparase un sándwich, y le buscara unas aspirinas. Me levanté, como siempre, e hice lo que me pidió. Conversé algunas palabras sin importancia con él y cuando terminó la comida, se retiró a la casa grande.
A la mañana del día siguiente, los señores se levantaron a la hora de siempre y les llevé el desayuno a la terraza porque el día se presentaba soleado. El señor se veía algo serio, no me hizo bromas, como acostumbraba, y luego yo volví a la cocina. Cuando fui para retirar el servicio, una hora después, la señora tenía lágrimas en los ojos. Escuché el portazo en la sala principal y el chirriante sonar de los neumáticos al salir violentamente el señor en su auto.
Al mediodía, llamó por teléfono y avisó que no vendría a cenar. Dijo que esa noche tendría una cena de trabajo para sellar el negocio que lo tenía tan ocupado.
Después no supimos mas de él. La señora Helena y yo estamos desoladas.”
El inspector, luego contactó al jardinero que habitualmente visitaba la casona. Le preguntó si había estado para la fecha de la desaparición del señor. Le respondió que estuvo presente todos esos días porque estaba preparando el parque para una recepción que darían, la semana entrante.
“El día anterior a que el señor desapareciera, yo me quedé hasta tarde. Los vi cuando cenaron, rápidamente y muy serios. La señora se volvió molesta y apagada desde que la chiquilina empezó a cascabelear por la casa. Serían casi las doce, y ellos se retiraron a dormir. Yo les avisé que me quedaría a limpiar las herramientas. La chica también se fue hacia su vivienda.
Serían casi las dos de la madrugada, me estaba yendo cuando vi pasar como una ráfaga al señor. Lo seguí. Entró a la casita de la mucama. Imaginé lo que pasaría allí dentro, y escandalizado, me fui.
A la mañana siguiente, atendía mis tareas, mientras ellos desayunaban en la terraza de su dormitorio. Discutían a viva voz. El se detuvo cuando entró la muchachita. Le cambió el semblante. Cuando se fue, luego de servirles el desayuno, la discusión continuó peor que antes.
Mas tarde él partió a toda velocidad en su auto y la señora quedó llorando sola en la terraza.”
El inspector cavilaba sobre los tres relatos. Era evidente que la muchachita y el hombre tenían un romance. Pero porqué la señora le mintió tanto?. Por qué el se fue y la joven se quedó en el caserón, Dónde estaba?, Que planearía?
Helena habitaba como una sombra la casa oscura. Otra vez como aquella noche el insomnio la retenía en la terraza del dormitorio. La chica, como siempre desde hacía dos meses, caminaba por el jardín, como esperándolo. Alcanzó a ver la curva prominente que abultaba su vientre, cuando pasó frente a la luz amarilla que iluminaba los jazmines, por la noche. Ella lo había presentido. No la echó porque, pensaba que si la retenía, su esposo volvería.
Un par de semanas después el inspector se hizo presente con una carta.
-Un amigo de su esposo, que exigió quedar en el anonimato, dijo que le dejó esta carta para usted.
Mientras el hombre observaba la creciente palidez de la jovencita, Helena la leyó.
“Helena,
Sé que me amas mucho y también es cierto que yo había empezado a quererte del mismo modo.
Te imagino horrorizada. Mercedes es una nena todavía y yo un niño avejentado esperando en una esquina un micro escolar, perdido para siempre. Ella logró que me olvidase de la moral, de la responsabilidad, de vos, de todo.
Mis instintos dormidos, mi pasión contenida, se desataban cuando su halo de frutillas y menta perfumaba nuestra casa.
Sinceramente, me dejé encontrar una vez y luego era yo el que exigía jugar su juego. Pero una de esas noches me dijo lo de su embarazo y fui conciente del fondo barroso que intuía en la laguna mansa de sus ojos. Palpé la magnitud de lo que había hecho y huí de todo y de todos.
Por favor, cría a mi hijo, Helena, como si fuese nuestro. Ve que la chica, vuelva con sus padres. Esos mismos que firmaron todo para darme al niño por una suma miserable.
Iba a volver a tu lado, a pesar de mi vergüenza, a suplicar tu perdón. Pero es mejor que lo pierda todo, que cumpla la peor pena no poder compartir contigo a mi propio hijo.
La cobardìa serà mi condena…
lunes, 14 de septiembre de 2009
Quizá no sea mi mejor cuento...
Pero...si conmueve o inquieta o incluso enoja… o si plantea la necesidad de repensar y replantear nuestras elecciones, bienvenido sea… y ojalà lo disfruten tambièn...
Lavanda de las sierras
“Vuele bajo porque abajo, está la verdad. Eso es algo que los hombres no aprenden jamás...” Facundo Cabral.
El serranito tironeó suavemente de mi abrigo, por segunda vez. En esta ocasión su mano me ofrecía una bolsa de tela marrón del tamaño de un monedero. Una cinta blanca anudada sujetaba su contenido.
-Recién me vendiste peperina, ahora qué me querés vender?
-Lavanda, -contestó
Revoleaba la pequeña mercadería y me demostraba su utilidad aspirando profundamente el intenso aroma jabonoso con el botón de su nariz.
-Esto también es para el mate? -bromeé alargando hacia él la mano
Sonrió por primera vez, con una sonrisa tan triste que no logró cambiar de posición los ojos de ave que me observaban expectantes.
-Un peso, dijo por única respuesta
Le di el dinero que pedía y metí las hierbas olorosas en mi cartera. Logré acariciarle la cabeza oscura antes de que saliera corriendo por esos desolados parajes con su cachorrito de cabra atada con una soga. No lo vi más. Me dejò su imagen tierna, fija en la retina, de pastorcito de cuentos. Solo quedaba el esponjoso paisaje de las sierras, el frío, la vuelta en la combi. Nada mas.
Escuchaba como en sueños al guía y asentí cuando mencionó que si los habitantes de las grandes ciudades fuéramos abandonados en esos parajes no duraríamos ni un día. El magnífico arte de la madre tierra que nos tenía boquiabiertos, era también un arma peligrosa. Solo para entendidos, criados allí y a quienes ella había revelado sus secretos. Al menos algunos de ellos, para permitirles sobrevivir a los caprichos del clima y la roca infinita del suelo. Pensé en el niño. En su pobreza. En como sería su vida. En las perlitas que aparecían en su boca cuando sacaba cada moneda de mi cartera.
Grabadas en mi mente aparecían algunas de las cosas que había visto en el vertiginoso camino de traslasierra, en Córdoba. Desde el fondo del bolso, el perfume ascendía hasta mí cada tanto, poderoso. No podía despertarme, pero la vuelta se hacía larga y cada vez que lo intentaba veía la carita y su sonrisa de cuarzo. Un cóndor planeaba curioso sobre mi cabeza. Escuché una explosión hiriente sobre la aspereza de la roca y después, cuando todo se calmó, la llaga abierta dejó ver la carne de mármol celeste. Me vi sentada dentro de esa cantera. Arriba, pumas hambrientos rondaban en círculos mirándome. Lejos de allí, una tormenta de amatista se desataba sobre el cerro Uritorco, en las Sierras Chicas, sembrándolo de cristales que lo transformaban en una montaña violácea y destellante. Me desperté sobresaltada. Era de noche y estábamos llegando al hotel.
En la habitación y con los doloridos pies en alto, comencé a sacar los tesoros de mi conquista turística. Mi esposo no podía creer el peso que había cargado durante todo el trayecto. Las piedras que me fascinaron y con las que había soñado, ahora se amontonaban sobre la cama: cuarzo, mica, cristal de roca, amatista, hasta un trocito de mármol y por supuesto, la peperina y la bolsita de lavanda.
Mientras me duchaba no podía dejar de pensar en ese chico que vendía yuyos, en todas las necesidades de esas personas aisladas en las montañas. Sin luz, sin cualquiera de los servicios que nosotros utilizamos desde siempre. En todas las posibilidades de desarrollo que un niño tendría en la ciudad. Le comenté esto a mi marido.
-Todas esas “necesidades” son “nuestras” -comenzó a decir -“Nosotros no sabríamos vivir sin esas cosas, ellos lo han hecho siempre”. “-Atención médica y educación eso es lo que necesitan. Por lo demàs, esto es un paraíso”.
-Sos un egoísta. No te entiendo –respondì. Habría que sacar a estos chicos de acá, llevarlos a vivir a las ciudades, a conocer la tecnología, darles oportunidades y mostrarles el mundo!
Empezamos a discutir. Mi defensa del consumismo y de mis propias necesidades básicas, eran ridículas a estas alturas. Pero era impactante que alguien dijera que en el medio de la nada y sin esas cosas, es feliz o podría sentirse realizado. Uno preguntaba -tienen luz, hay televisión? contestaban que no. Agua corriente? -no, de la vertiente. Teléfono? -menos Escuela? - veinte kilómetros a lomo de mula..
Durante un breve silencio de la acalorada discusión, la radio recitó con la voz de Facundo Cabral “...lo esencial fue hecho por el Señor, y con eso es suficiente...”. Era lo que me faltaba. Me acosté y me callé.
Al día siguiente, recorrimos agencias de turismo en busca de otra salida interesante. A partir de la una de la tarde emprendimos la marcha en un micro agotado. Los paisajes, esta vez, eran mas pintorescos que el día anterior, mas urbanos. Cada vez que bajábamos para ver alguna iglesia, un museo o un auditorio, numerosos ancianos haciendo referencia a sus míseras jubilaciones nos empujaban y se peleaban entre ellos por vendernos pasteles, pañuelos, artesanías o simplemente pidiendo limosna. También hombres jóvenes que rondaban los cuarenta y tantos sacando ventaja a los viejos lograban vender sus propias mercaderías , mencionando lo injusto de su desempleo y el hambre de sus familias…
-Amor, La Falda, Argentina, mediados de los noventa, acà tenès una ciudad con todas las letras. -ironizó mi esposo, rodeado de vendedores ambulantes. -Hay luz, baños, tecnología ...casi todo, no? Estos hombres tienen mi edad, aproximadamente, de què se quejan si estàn en esta linda ciudad, segùn vos?…
Pensé en dirigirle un improperio, pero no le contesté.
De vuelta en Buenos Aires, retomamos nuestros ritmos habituales. Mi marido en el trabajo, yo, en lo mìo, en mis escritos y mis caminatas.
La bolsita de lavanda habitaba la oscuridad de mi cartera tiempo completo. Me acompañaba a entrevistas de trabajo, corría conmigo colectivos y subía agitada en el tren. Visitábamos juntas a mi madre y asistíamos a mis clases.
Un día de aquellos alguien preguntó por el aroma silvestre que brotaba de mi bolso cada vez que lo abría. Entusiasmada conté la historia del serranito y expuse mi teoría sobre esos niños, su pobreza y sus posibilidades en las ciudades. Para ilustrar mi respuesta introduje la mano en busca del objeto perfumado.
Pero como en una alegorìa de la violencia y el vértigo de Buenos aires, y sobre todo de la injusticia social que se nos venìa encima, encontrè que la bolsita se habìa destrozado y desparramado su frágil contenido en el fondo de mi cartera porteña...
El serranito tironeó suavemente de mi abrigo, por segunda vez. En esta ocasión su mano me ofrecía una bolsa de tela marrón del tamaño de un monedero. Una cinta blanca anudada sujetaba su contenido.
-Recién me vendiste peperina, ahora qué me querés vender?
-Lavanda, -contestó
Revoleaba la pequeña mercadería y me demostraba su utilidad aspirando profundamente el intenso aroma jabonoso con el botón de su nariz.
-Esto también es para el mate? -bromeé alargando hacia él la mano
Sonrió por primera vez, con una sonrisa tan triste que no logró cambiar de posición los ojos de ave que me observaban expectantes.
-Un peso, dijo por única respuesta
Le di el dinero que pedía y metí las hierbas olorosas en mi cartera. Logré acariciarle la cabeza oscura antes de que saliera corriendo por esos desolados parajes con su cachorrito de cabra atada con una soga. No lo vi más. Me dejò su imagen tierna, fija en la retina, de pastorcito de cuentos. Solo quedaba el esponjoso paisaje de las sierras, el frío, la vuelta en la combi. Nada mas.
Escuchaba como en sueños al guía y asentí cuando mencionó que si los habitantes de las grandes ciudades fuéramos abandonados en esos parajes no duraríamos ni un día. El magnífico arte de la madre tierra que nos tenía boquiabiertos, era también un arma peligrosa. Solo para entendidos, criados allí y a quienes ella había revelado sus secretos. Al menos algunos de ellos, para permitirles sobrevivir a los caprichos del clima y la roca infinita del suelo. Pensé en el niño. En su pobreza. En como sería su vida. En las perlitas que aparecían en su boca cuando sacaba cada moneda de mi cartera.
Grabadas en mi mente aparecían algunas de las cosas que había visto en el vertiginoso camino de traslasierra, en Córdoba. Desde el fondo del bolso, el perfume ascendía hasta mí cada tanto, poderoso. No podía despertarme, pero la vuelta se hacía larga y cada vez que lo intentaba veía la carita y su sonrisa de cuarzo. Un cóndor planeaba curioso sobre mi cabeza. Escuché una explosión hiriente sobre la aspereza de la roca y después, cuando todo se calmó, la llaga abierta dejó ver la carne de mármol celeste. Me vi sentada dentro de esa cantera. Arriba, pumas hambrientos rondaban en círculos mirándome. Lejos de allí, una tormenta de amatista se desataba sobre el cerro Uritorco, en las Sierras Chicas, sembrándolo de cristales que lo transformaban en una montaña violácea y destellante. Me desperté sobresaltada. Era de noche y estábamos llegando al hotel.
En la habitación y con los doloridos pies en alto, comencé a sacar los tesoros de mi conquista turística. Mi esposo no podía creer el peso que había cargado durante todo el trayecto. Las piedras que me fascinaron y con las que había soñado, ahora se amontonaban sobre la cama: cuarzo, mica, cristal de roca, amatista, hasta un trocito de mármol y por supuesto, la peperina y la bolsita de lavanda.
Mientras me duchaba no podía dejar de pensar en ese chico que vendía yuyos, en todas las necesidades de esas personas aisladas en las montañas. Sin luz, sin cualquiera de los servicios que nosotros utilizamos desde siempre. En todas las posibilidades de desarrollo que un niño tendría en la ciudad. Le comenté esto a mi marido.
-Todas esas “necesidades” son “nuestras” -comenzó a decir -“Nosotros no sabríamos vivir sin esas cosas, ellos lo han hecho siempre”. “-Atención médica y educación eso es lo que necesitan. Por lo demàs, esto es un paraíso”.
-Sos un egoísta. No te entiendo –respondì. Habría que sacar a estos chicos de acá, llevarlos a vivir a las ciudades, a conocer la tecnología, darles oportunidades y mostrarles el mundo!
Empezamos a discutir. Mi defensa del consumismo y de mis propias necesidades básicas, eran ridículas a estas alturas. Pero era impactante que alguien dijera que en el medio de la nada y sin esas cosas, es feliz o podría sentirse realizado. Uno preguntaba -tienen luz, hay televisión? contestaban que no. Agua corriente? -no, de la vertiente. Teléfono? -menos Escuela? - veinte kilómetros a lomo de mula..
Durante un breve silencio de la acalorada discusión, la radio recitó con la voz de Facundo Cabral “...lo esencial fue hecho por el Señor, y con eso es suficiente...”. Era lo que me faltaba. Me acosté y me callé.
Al día siguiente, recorrimos agencias de turismo en busca de otra salida interesante. A partir de la una de la tarde emprendimos la marcha en un micro agotado. Los paisajes, esta vez, eran mas pintorescos que el día anterior, mas urbanos. Cada vez que bajábamos para ver alguna iglesia, un museo o un auditorio, numerosos ancianos haciendo referencia a sus míseras jubilaciones nos empujaban y se peleaban entre ellos por vendernos pasteles, pañuelos, artesanías o simplemente pidiendo limosna. También hombres jóvenes que rondaban los cuarenta y tantos sacando ventaja a los viejos lograban vender sus propias mercaderías , mencionando lo injusto de su desempleo y el hambre de sus familias…
-Amor, La Falda, Argentina, mediados de los noventa, acà tenès una ciudad con todas las letras. -ironizó mi esposo, rodeado de vendedores ambulantes. -Hay luz, baños, tecnología ...casi todo, no? Estos hombres tienen mi edad, aproximadamente, de què se quejan si estàn en esta linda ciudad, segùn vos?…
Pensé en dirigirle un improperio, pero no le contesté.
De vuelta en Buenos Aires, retomamos nuestros ritmos habituales. Mi marido en el trabajo, yo, en lo mìo, en mis escritos y mis caminatas.
La bolsita de lavanda habitaba la oscuridad de mi cartera tiempo completo. Me acompañaba a entrevistas de trabajo, corría conmigo colectivos y subía agitada en el tren. Visitábamos juntas a mi madre y asistíamos a mis clases.
Un día de aquellos alguien preguntó por el aroma silvestre que brotaba de mi bolso cada vez que lo abría. Entusiasmada conté la historia del serranito y expuse mi teoría sobre esos niños, su pobreza y sus posibilidades en las ciudades. Para ilustrar mi respuesta introduje la mano en busca del objeto perfumado.
Pero como en una alegorìa de la violencia y el vértigo de Buenos aires, y sobre todo de la injusticia social que se nos venìa encima, encontrè que la bolsita se habìa destrozado y desparramado su frágil contenido en el fondo de mi cartera porteña...
lunes, 7 de septiembre de 2009
El cuento eròtico y la autocensura...
Hoy posteo en el blog, para atosigar a los lectores, un microrelato eròtico... Sì, porque mi cuento anterior, que explora con picardìa y algo de humor irònico, la literatura eròtica, no tuvo la acogida que yo pensaba (perdòn por la palabra). Y si bien cuando pregunto me dicen "sì, sì, què bueno, me reì, o que channncho", reconozco que enseguida el rubor facial se expande y no logro sonsacar ni un comentario certero sobre la impresiòn que causa en el lector cuando uno se manda con el erotismo a las letras.
Y si el ùnico que se anima a comentarme, sin ponerse colorado, es mi amigo el escritor Alfredo, hoy me mando con este micro, para todo el resto. Es imposible de evitar, por lo corto... que si se ponen a espiarlo, en cuando deciden seguir con lo suyo, ya lo leyeron, y quizà hasta se calentaron un cachito, jajajaj.
Los dejo en este dìa gris, con un pequeño relatito hot, para que sientan a travès de las letras, algo... lo que sea... aunque la base de este relato simplemente sea... contado como quieran... una persona extrañando mucho a otra. Abrazos, M.
Y si el ùnico que se anima a comentarme, sin ponerse colorado, es mi amigo el escritor Alfredo, hoy me mando con este micro, para todo el resto. Es imposible de evitar, por lo corto... que si se ponen a espiarlo, en cuando deciden seguir con lo suyo, ya lo leyeron, y quizà hasta se calentaron un cachito, jajajaj.
Los dejo en este dìa gris, con un pequeño relatito hot, para que sientan a travès de las letras, algo... lo que sea... aunque la base de este relato simplemente sea... contado como quieran... una persona extrañando mucho a otra. Abrazos, M.
EROTICA
La hoja en blanco me acecha. Sé que hay cosas que plasmar. Sensaciones que volcar, pero no surgen. Confieso. Pienso en el blanco, y se me aparece el blanco opalino de tu simiente que me ha horadado el alma tantas veces. Quizás sea eso lo que me atormenta. Como un vicio, deseo beberme la dulzura de tu virilidad, quiero que la carne rosada de mi boca sea el recipiente para tu placer. Sentirte. Tragarte. Matarte… pero que sigas vivo. Vivo para darme ese blanco tan tuyo, las veces que lo desee, ese blanco objetivo de mis pensamientos más oscuros. Pero no estás. Estás muy lejos…
A veces sueño que caminamos cada uno en vías separadas, en paralelos rieles de ferrocarril. Los caminos nunca se encuentran. Lo sé. Transpiro. Me agito. Doy vueltas hasta despertarme. Cierro de nuevo, muy fuerte los ojos y te pienso. Tu peso sobre mí, mis propias manos tocando el ritmo de tu música en mi cuerpo. Como una melodía “in crescendo”. Recupero tu aroma en el espacio de mi cuarto. La humedad de tu sudor en mis caderas, se desliza y moja las sábanas claras. Y ahí va, ahí llega. La muerte me alcanza con el estallido que me agota y aflora por mi garganta en un feroz grito. Mi espalda se tensa y es un arco.
Y luego ahì… tendida, cuando después de morir vuelvo a la vida, te olvido. O lo intento. Trato de dormirme imaginando tus anchos hombros que se alejan. Imagino un beso, un adiós, una puerta que se cierra. Abro los ojos por última vez antes de rendirme al sueño. El portazo fue tan real, que me asusta, hace que mire a la puerta. Dudo, por un momento, pero veo, al final, que siempre estuvo cerrada… Y me duermo, entre làgrimas.
A veces sueño que caminamos cada uno en vías separadas, en paralelos rieles de ferrocarril. Los caminos nunca se encuentran. Lo sé. Transpiro. Me agito. Doy vueltas hasta despertarme. Cierro de nuevo, muy fuerte los ojos y te pienso. Tu peso sobre mí, mis propias manos tocando el ritmo de tu música en mi cuerpo. Como una melodía “in crescendo”. Recupero tu aroma en el espacio de mi cuarto. La humedad de tu sudor en mis caderas, se desliza y moja las sábanas claras. Y ahí va, ahí llega. La muerte me alcanza con el estallido que me agota y aflora por mi garganta en un feroz grito. Mi espalda se tensa y es un arco.
Y luego ahì… tendida, cuando después de morir vuelvo a la vida, te olvido. O lo intento. Trato de dormirme imaginando tus anchos hombros que se alejan. Imagino un beso, un adiós, una puerta que se cierra. Abro los ojos por última vez antes de rendirme al sueño. El portazo fue tan real, que me asusta, hace que mire a la puerta. Dudo, por un momento, pero veo, al final, que siempre estuvo cerrada… Y me duermo, entre làgrimas.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
