domingo, 12 de julio de 2009

Extracto de Farenheit 451, de Sir Ray Bradbury (1953)

…Montag titubea y luego sigue: -En un tiempo tu debes haber querido mucho los libros.
-Touche!! -responde el jefe-. Por debajo del cinturón. En la mandíbula. Con el corazón partido. Las tripas abiertas. Oh, Montag, mírame. El hombre que amaba los libros, no, el muchacho disparatado, demente por ellos, que se trepaba a las pilas como un enloquecido chimpancé.
“Me los comía como si fueran ensalada, los libros eran para mí el sándwich del almuerzo, la merienda, la cena y el bocado de medianoche. ¡Arrancaba las páginas, me las comía con sal, las ensopaba con deleite, mordisqueaba las costuras, pasaba capítulos con la lengua! Docenas, cientos, billones de libros. Llevé tantos a casa que anduve años jorobado. Filosofía, historia del arte, política, ciencias sociales; nombra el poema, el ensayo, la obra de teatro que quieras; me los comí todos. Y después….después…-la voz del jefe de bomberos se apaga.
Montag lo apremia: -y después?
-Bueno, me sucedió la vida. –El jefe cierra los ojos para recordar. –La vida. Lo de costumbre. Lo mismo. El amor que no marcha del todo, el sueño que se vuelve agrio, el sexo que se hace pedazos, las muertes demasiado rápidas de amigos que no lo merecen, el asesinato de uno, la locura de otro, la lenta muerte de una madre, el suicidio brusco de un padre… una estampida de elefantes enfurecidos, un ataque total de la enfermedad. Y por ninguna parte, ninguna, el libro justo en el momento justo para rellenar la grieta de la represa que se viene abajo y contener la inundación, o recibir una metáfora, perder o encontrar un símil. Hacia el final de los treinta años, al borde ya de los treinta y uno, recogí mis pedazos, cada hueso roto, cada centímetro de carne escoliada, magullada o herida. Me miré en el espejo y perdido bajo el asustado rostro de un joven vi un viejo, vi odio por todo, por cualquier cosa, nombra la que sea y la maldeciré, y abrí las páginas de los magníficos libros de mi biblioteca y ¿qué encontré? ¿qué, qué?
Montag se aventura: -¿Páginas vacías?
-Premio! ¡Sí, en blanco! Bah, estaban las palabras, de acuerdo, pero me resbalaban por los ojos como aceite caliente, sin ningún significado. Sin ofrecer ayuda, ni consuelo, ni paz, ni abrigo, ni amor verdadero, ni cama, ni luz.
Montag recuerda: -Hace treinta años…. Las quemas finales de bibliotecas….
-Acertado. –Beatty asiente. –Y como no tenía trabajo, y era un romántico fracasado, o lo que fuese, me presenté para la primera clase de bomberos. Primero en subir los escalones, primero en entrar en la biblioteca, primero en ese horno, el corazón ardiente de sus compatriotas siempre en llamas, ¡rocíenme con kerosene, pásenme la antorcha!

1 comentario:

Marta K. dijo...

Què demonio se cierne agazapado adentro mìo y hace que cada vez que leo y releo esto, me ponga a moquear?!
Alfredo, vos, del espìritu sensible, quiza me puedas dar una pista.
Se acaba algùn tiempo? Los romànticos, lìricos, raros, oscuros ratones hurgadores de bibliotecas, estamos en vìas de extinciòn?
Si alguien lo sabe que me lo explique, por favor...