jueves, 9 de julio de 2009

La Musa de la bella edad

Tuvimos nuestra primera charla el día de su aparición en casa.
El otoño llevaba un mes sin acabar de instalarse. Todo era de un sepia agrisado en el húmedo jardín. Salvo por las rosas lilas, que tardías, mojaban los dulces pimpollos en la fría llovizna de abril.
La vi sentada una mañana en el banco de hierro y madera, en el jardìn. De espaldas a los pinos. En aquel asiento de plaza que disfrutaba del sol tibio de las tardes, todos los días. Inclinaba la cabeza de ocres y dorados. Las mechas lisas, más rubias, y las ondeadas, ambarinas, caían a los costados de la cara que sostenía con ambas palmas. Los codos los apoyaba en las rodillas ocultas por la túnica blanca de gasas y algodones. Atuendo algo liviano para esa época del año. Sobre todo por el pequeño hombro al aire, que le daba un aspecto de deidad griega salida de un libro de mitología.
El viento helado me erizó la piel cuando abrí la puerta decidida a encarar a la intrusa del parque.
Ella notó mi curiosidad. Poniéndose de pié, me enfrentó. Me quedé unos segundos pensándola estampada en una tela, pintada al óleo, sería un cuadro precioso. Tuve ganas de plasmarla, de veras. Pero el arte pictórico no era mi fuerte y desistí.
Ella seguía quieta, menuda, casi adolescente, con su liviano atuendo y su cabello encendido danzándole alrededor. Tan blanca como el vestido... era como una aparición. Una imagen de otros tiempos.
Temerosas las dos, nos acercamos una a la otra y, tomando la iniciativa, le pregunté quien era.
-Soy Soledad – susurró y pude atisbar el rostro juvenil, bañado de esa palidez sin pliegues que se ostenta cuando no se tienen muchos más de veinte años. Los ojitos alargados, titilaban llenos de inquietud, brillando como quien acabara de llorar por amor, como plagados de interrogantes. Una neblina de tristeza velaba su mirada de carey, como si su nombre fuera un sino que quisiera desmoronar. Su belleza iba más allá de lo habitual, desde su interior pugnaba por salirse de algùn molde, o sería su aguerrida lucha con el destino, o quizá su profundidad al mirar, un océano plagado de corales, de vírgenes cavernas, de inexplorados tesoros enterrados. Mar abierto, esa era la imagen que me generaba, ella era mar abierto, desde las pupilas para adentro.
Y con esas dos palabras “soy Soledad”, me había devuelto la poesía que creía muerta para siempre. Sólo diez letras y yo volvía a ser yo, gracias a una intrusa etérea que se habría escapado de un baile de disfraces.
-Yo soy Marta –le contesté y ella sonrió, como si me conociera de siempre.
-Escribe, vine para eso –sentenció divertida.
Yo estaba anonadada. Enmudecida. Ella empezó a gorjear un palabrerío incomprensible. Yo no la escuchaba. Sólo la miraba. Pensaba en qué se habría creído aquella chiquilina, irrumpiendo en mi casa, con aquellas ínfulas y pretensiones. Pensé en mi esposo y en los celos que me provocaría que vea semejante criatura. Una jovencita llena de vida y en aquella edad radiante que yo había transitado hacía ya más de diez años. Una Musa…
-Hace más de un mes que no escribes, yo vine para eso, él no me verá nunca, sólo vos lo harás –disparó como si me hubiera leído la mente.
Corrì a la casa a buscar mi cuaderno y, tomando asiento a su lado en el banco, empecé a llenar renglones de perlas y encajes, de colores y texturas, de acuarelas y óleos. Los poblé de amores no correspondidos, equivocados, incestuosos, tortuosos y también felices. Filosofé sobre la vida, sobre mis contradicciones, hice ficciones, suspenso... Y todo, en los días que ella pasó conmigo. Mientras yo dibujaba mis palabras, ella se entretenía danzando descalza sobre el pasto. Cantaba, a veces hablaba sin parar. Daba volteretas, giraba, a veces hasta volaba. De pronto miraba al sol y luego, cuando me miraba a mí, sus ojos de caramelo lanzaban destellos enceguecidos de luz que me atravesaban. Era pura energía, se bañaba con las gotas heladas de rocìo que caìan estrepitosas desde los pétalos de mis rosas al suelo, transformándose cada día en un ser más luminoso, transparente y sabio. Cada conversación con ella era más rica y esclarecedora que la anterior, y yo no quería que aquella magia acabase nunca.

Pero así como en mi mundo todo puede ocurrir, una mañana, Soledad, ya no estaba en el jardín. Yo seguí inundando de versos y prosa mi cuaderno desde el banquito soleado. Creo que la esperaba. Mucho tiempo pasó. Nunca más volvió.

Una mañana, Enrique, mi esposo, me despertó sobresaltado. Nervioso, me decía a borbotones, que su sobrina, la que se había ido a España diez años atrás, y que yo apenas conocìa, volvía esa tarde. Aquella ex-niña, llamada Soledad, vivía una vida plena en la madre patria. Casada con Diego, aquel hermoso y volàtil muchacho que quisiera desde siempre y que la siguió cuando ella, cansada y desilusionada de sus cambios de ideas y su amor indeciso, encontró en el intercambio estudiantil, una oportunidad para escapar al que creía se le esfumaba de las manos.

Soledad y Diego bajaron, como dos ángeles de visita en la tierra, por la escalerilla plateada del aviòn. Enrique, a los gritos, agitaba los largos brazos hacia ellos. Ella lo vio, corriendo se acercó a él y se fundieron en un abrazo inundado de lágrimas de las buenas.
Luego, cuando hubo terminado la efusiva bienvenida del tío, se soltó y, mirándome, se me acercó lentamente.
-Marta, hola! –me dijo, aferrándose al tímido abrazo que yo le ofrecía
Ella notó mis ojos de sorpresa. Mi temblor. Era ella? Soledad? Era “mi” Soledad? Como si hubiera leído mi mente, o quizá fuera la casualidad, arrojó cuatro cristalinas y tranquilizadoras palabras a mi cara:
-Sí, soy yo, Soledad…

4 comentarios:

ALFREDO LEGNAZZI dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Anónimo dijo...

con mi mama leimos el cuento que nos gusto mucho ahora queremos que escribas uno sobre sami ya que vimos que no tenes cuentos sobre animales aunque sami fue mas que eso,con respecto al cuento de sole me atrapo y me gusto el desenlace,ah haber cuando escribis un cuento sobre tu familia.besos de vivi y july

Marta K. dijo...

en todos los cuentos està mi familia.
sòlo hay que saber leer entre lìneas!!!!!!!
ficciòn, metàforas, juegos de palabras, eso es literatura, quizà en el cuento de Sol es màsobvio, pero fijàte que nunca la vi, en la vida real, a la linda Sol, bailoteando envuelta en tùnicas de gasa en el jardìn de mi casa!!! jajajaj y en pleno frìo!!!
besotes a las celosas de la familia.
M.

Anónimo dijo...

Comentario de Sole de Cba.
Marti! por fin lo pude leer, y a pesar de que es otra Soledad la que te inspiro, está tan bellamente escrito, que me emociono igual. Realmente una de las mejores cosas que te he leido, Borges decia que el cuento es lo esencial, pero quizas lo entiendo mas leyendo los tuyos.
Agosto de 2009