miércoles, 19 de agosto de 2009

Ernesto

El agudo quejido del teléfono la despierta, como siempre… Con dos líneas en lugar de ojos se incorpora lastimeramente y alcanza el aparato.

-Hola mamá, me escuchás? –chilla una vocecita infantil del otro lado de la línea
-Hola soy yo, Ernesto, hola, hola!

Ella, semidormida, le dice que no es a quien busca, pero él no la escucha, nunca la escucha…

-Disculpáme pero no se oye nada… -casi grita, el jovencito del otro lado
-Me encantaría que dejes de llamar, que encuentres a la persona que buscás, pero no es acá, no es acá…-se desgañita

El marido, serio, le saca el aparato violentamente de la mano y cuelga.

-Vamos a cambiar el número –dice con un rostro vacío de sentimientos. Ella piensa que su cara se mantiene tan fresca porque nunca gesticula, no sonríe, no lanza carcajadas al aire, no frunce el entrecejo, no se arruga en una discusión, porque nunca discute, claro.

-Me apena esa voz, es sólo un muchachito, casi un niño y busca a la madre. Siempre equivoca el número y para peor, no me escucha…-ella intenta explicar lo inexplicable con ojos desbordados al hombre que no suspende la articulación de sus menesteres para el día laboral, repitiendo idénticos movimientos estudiados para una máxima optimización de los minutos entre el despertar y la partida.

-Perdés el tiempo, vamos a cambiar el número para que no nos moleste más. Que llame todo lo que quiera, pero no aquí, ya no soporto esta insistencia –dando por terminada la conversación y su taza de café, da un golpe con la puerta y se va al trabajo, siete y media en punto, ni un minuto más, ni un minuto menos.



Elena sale del sopor del tranquilizante. La luminosidad blanca del lugar le recuerda que no está en su cama. Ve el rostro piadoso de un hombre mayor diciéndole que el procedimiento acabó. Sus labios se despegan para liberar parte de su alma con la forma de un suspiro. Ahora le queda resignarse a la espera, volver a casa en el taxi que las enfermeras le han llamado.

En su sillón preferido, el que a esa hora se decolora al sol en el balcón, se desparrama para ordenar sus recuerdos de esa mañana. Ellas creían que no escuchaba, que no era capaz de sentir esa pena por sí misma que las solícitas mujeres junto al doctor sufrían por ella.
-Pobre mujer, cuántos estudios, todos tan invasivos –decía dolida una de ellas
-Y bueno, se empeña en tener un hijo, debe hacerlos, son parte de la rutina antes de decidir qué hacer -opinaba la otra, más curtida, más dura. –Además, el tiempo corre, querida…, no es una nena…
-basta brujitas –las reprendía dulcemente el viejo médico –esta señora sólo quiere saber si es capaz de concebir, porque la naturaleza no se lo ha permitido conocer aún.

Como en una película puesta en avance rápido, el sol de Elena dibuja un arco sobre el cielo y se oculta. Mira la hora. Seis menos cinco, se levanta y va a la cocina a preparar el mate. Seis en punto, tras un ruido de llaves, aparece él. Se acerca. La besa. El humeante calabacín del mate empieza a circular entre los dos. Se rompe el silencio.
-Y, qué tal el estudio? –le pregunta atento
-Feo, como todos, pero creo que es el último, si éste sale bien, sólo habrá que esperar –susurra con la mirada en el suelo.
Siente la mirada de él en su pelo rojo y eleva la vista. Va a decirle algo pero, como siempre, el teléfono los interrumpe.
-Hola, hola, soy yo, yo otra vez, me escuchás? –el chico equivocado de nuevo en la línea
-Hola, mamita te quiero, ojalá me escuches, no te aflijas…
Elena, no puede más que sufrir por esa mujer lejana que no recibe nunca aquella llamada y por el chico que cree cumplir con ella.

Esta vez, solo miró a su esposo pero no atinó a decir nada. Para qué? Ya sabía que él no recibía sus palabras. El marido se acercó y le dio una servilleta para que se seque las lágrimas.
-Estás muy sensible o de nuevo es la depre? –la reprendió con ternura


Dos semanas después y antes de recibir los resultados de los estudios, por fin, la noticia. Estaba embarazada.
Festejaron en la intimidad. Cenaron con un velón blanco en el centro de la mesa y se acurrucaron en el gran sillón del living a mimarse. Estaban dedicados a indagar entre las páginas crepitantes de un libro antiguo, cientos de nombres, sus significados y orígenes, cuando sonó el teléfono. Ella se levantó de un salto. Pensó que sería su madre, ansiosa, preguntando qué comprar para la criatura, pensando por ellos en miles de problemas que podrían presentarse y que ella, únicamente, podría resolver.

Pero era la pequeña voz otra vez.

-Hola, escucháme, tu mamá no vive aquí –disparó una Elena mas segura, bien plantada.
-No te oigo nada, ma, pero si estás ahí, te quiero, pronto nos vemos, chau, chau -gritó desde lejos
-Hacía rato que no llamaba ese idiota –susurró el marido. -Nunca me acuerdo de pedir el cambio de número…
-dejá el teléfono y mirá, ya vamos por la E -le dijo ella -qué te parece Ernesto?
-Ernesto? –pensó en voz alta él

Sonrieron, se besaron, cómplices y amigos eternos.
.
Esta vez el llamado del chico no los dejó inquietos, ni preocupados. Siguieron abrazados en la semioscuridad haciendo sus proyectos y olvidaron el momento aquel, enseguida.

Además, las llamadas, desde ese día cesaron,…Ernesto ya estaba camino a casa.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Hola Martaaaa

Me dejaste sin palabras con el cuento "Ernesto"
Es hermoso me lagrimee toda jajaja . Me encanto.
Deberias armar un libro con un material tan hermoso.
Susana H.

ALFREDO LEGNAZZI dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Marta Mena dijo...

Gracias Alfredo, impecable tu comentario periodìstico. Te digo que es lo tuyo!!! impresionante, ademàs de perceptivo y analìtico, como siempre.
Y si, como titulè el blog, escribo un camino, eso es lo que seguirè intentando siempre...
Te agradezco infinitamente la delicadeza y valoraciòn que tenès para conmigo siempre.
un abrazo grande, Marta.