martes, 4 de agosto de 2009

La princesa de los arrozales

Pegado a la ventanilla del avión, estudiaba la encadenada cartografía de los montes Himalayas.
Ansiaba conocer aquel país de exquisitos templos milenarios, cuyos tesoros protege con su vida uno de los pueblos mas pobres de la tierra.
Frente a sus ojos se divisaban unas serpenteantes cintas verdosas que surcaban el desierto, recordó que según su escueta investigación, serían los ríos Jumma y Ganjes. Esos mismos, cercaban algunas de las tantas poblaciones que él iba a visitar. La ondeante cadena dorada, se había transformado con el descenso de la nave, en una muralla infranqueable cada vez más alta y lejana.
Entre un montón de palabras impronunciables que lo dejaron impávido, reconoció solo tres, aeropuerto - Nueva Delhi. Fueron mas que suficientes. Había llegado.

Dormía profundamente, cuando el incesante sonido del teléfono de su habitación le recordó que el guía estaría listo esperando al soñoliento grupo. Incorporarse fue un esfuerzo exagerado, después de cuatro jornadas de pleno verano hindú visitando la enjoyada capital, los inundados arrozales, soportando las furiosas lluvias estivales que premiaban a los valles del Ganjes, del Indo y el delta ahogándolos en una sopa laboriosa de gente y de arroz. Ya no sabía ni siquiera en donde se encontraba al momento de levantarse. Para colmo, su estómago, desacostumbrado a la prodigalidad turística de delicadezas típicas, en vez de agradecerlas, respondía con nauseabundos aullidos, retorciéndole vehemente las entrañas.
Cuando estuvo listo, se aseguró de tener algunas rupias en la billetera. Se colgó la mochila y miró la hora. Las cinco de la madrugada.
No quedaba otra. Agra, la región que visitaría ese día, estaba bastante lejos de su lugar de alojamiento.
Durante el viaje supo que el Ganjes era un río místico, religioso. Un ceniciento riosanto de almas puras de hombres, mujeres y sobre todo niños desnutridos, que recorrieron la historia de ese país castigado, cuidando y alimentando meticulosamente a aquellas enormes vacas sagradas que pululaban por todas partes, sobreviviéndolos.
El viaje estaba resultando una experiencia fascinante. Las impresionantes contradicciones de lo que había visto hasta ese momento, lo desvelaron.

La combi que los trasladaba rodaba despacio. Ante sus ojos húmedos pasaba el interminable hormiguero de obreros que participaban de la cosecha del cereal aguado. La miseria se palpaba en la pesadez del aire. De repente, un monzónico vendaval repentino elevó una tela transparente de entre la encorvada masa humana. Una marea de pelo negro se desparramó a los lados del cuerpo esbelto, que se enderezaba rápidamente. Corrió tras el paño, etérea, con una especie de manto raído y grisáceo anudado aquí y allá, a modo de vestido, que la cubría toda. Le pareció una diosa oscura, desesperada, que desprovista de su chal resultaba indefensa, con toda su belleza descubierta.
Al pasar el vehículo a su lado, lo iluminó la mirada brillante de esmeraldas que le dirigió la muchacha. La observó directamente con insistencia y curiosidad. Ella percibió la invasión y se cubrió a medias el rostro con el dorso de la mano, sin dejar de mostrarle la vastedad acuática de sus ojos claros.
Nunca olvidaría ese momento, ni la expresión angustiosa de esa mirada.

Aproximadamente una hora después, entraban en Agra. Conocerían el famoso mausoleo Taj Mahal, emblema del arte Mughal. Caminaron lentamente por el jardín, relfejándose en el rectangular estanque central hacia la descomunal puerta y apreciando toda su magnificencia.
Una vez dentro de la tumba, supo que veinte mil hombres durante veinte años trabajaron para construirla. Todo por el amor del Sha Jahan, a su fallecida esposa favorita, Arjumand Banu Bagam, conocida con el apodo de Mumtaz Mahal, la elegida del palacio, que fuera muerta durante una guerra en la plenitud de su vida. Cuando le relataban la historia, pensaba si ella habría sido tan bella como la mujer del arrozal.
Se alejó momentáneamente del grupo para observar las numerosas inscripciones coránicas. Cuando miró a su alrededor vio que estaba completamente solo. Siguió andando, y apareció dentro de una sala octogonal. Caminó hacia una especie de monumento de mármol central. Eran los cenotafios de Mumtaz Mahal y del Sha Jahan.
Juntos para toda la eternidad -pensó tristemente
Cuándo quiso retomar la marcha, se encontró frente a una luminosa joven, envuelta en gasas rojas, anaranjadas, aliladas, que bailaba frenéticamente perfumando de especias el aire que él respiraba, mareándolo.
Se sentía transportado hacia otro tiempo, por un momento pensó que ella sería una atracción para los turistas. Pero allí no había nadie más que él. Ella comenzó a acercarse. Tanto, que le distinguió unos destellos de aguamarina en la mirada. La piel de aceituna se adivinaba entre los arabescos de su danza. Hasta que él de un zarpazo, quitó el velo que cubría a medias su cara ovalada y detuvo el hechizo.
Era ella, pero ahora envuelta en sedas, bañada en perlas, incrustada de piedras. Pero era ella, la mujer del arrozal.
-Vuelve con tu favorita, Jahan, amor mìo… -suspirò ella pegándole los labios rojos en la oreja.
Cuando él quiso tocarla, desapareció como una ráfaga.
Se quedò desconcertado y con el transparente velo pendiendo de su puño apretado.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

HISTORIA CON MAGIA. DAN GANAS DE ESTAR ALLI.SENTIR LO QUE EL PROTAGONISTA....SINTIO, SEGURAMENTE HABRA SIDO DESLUMBRAMIENTO. EMOCION. EL LECTOR, EN ESTE CASO, YO, HUBIERA QUERIDO QUE CONTINUARA. SENCILLAMENTE BELLO
STELLA

ALFREDO LEGNAZZI dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Marta Mena dijo...

Gracias Alfredo, tus comentarios siempre son un halago bien recibido y sì, la verdad, creo que, ahora que te leo, siento que toda mi escritura es algo romàntica y que para algunas culturas quizà, en otra vida habrè sido, sino reina de la India como la Mumtaz de este cuento, pero hab`re sido varòn, porque en tus observaciones m e doy cuenta que tengo una perspicacia algo masculina adentro de mi visiòn femenina de las cosas.
...O creo que son bichitos fàcilmente manipulables en las manos de las mujeres bellas por fuera... y me desquito contàndolos dominados y absurdos, en mis cuentitos... puede ser...
mil gracias, un beso, M.