miércoles, 29 de abril de 2009

EN EL SUBTE

Todos los días en el subterráneo de la ciudad, camino de mi trabajo, la veía.
Los lunes, llevaba el cabello suelto, como una dorada malla metálica tintineando a sus espaldas. Los jueves, iba cabizbaja, con un mínimo rodete pegado al cráneo delicado. Llevaba blusas etéreas, zigzagueantes en su ondeado desplazamiento por el vagón.
Se ocupaba vendiendo brújulas. Cosa inútil, si las hay, para el hombre urbano, como yo. Nunca la escuché pronunciar una sola sílaba. Colocaba el pequeño aparato sobre la falda de las personas que iban sentadas, al pasar, y luego las recogía sin jamás vender ni una sola. Yo me estancaba entre el tumulto, para sentir el leve hálito jabonoso que exhalaba al pasar a mi lado. Era una mujer cuya belleza increíble, parecía que nadie notaba, salvo yo, entre aquel gentío anestesiado de rutinas y horarios.
Pero la verdad es que, desde el primer día que subió al tren, yo noté aquellos ojos gatunos sobre la cara de nácar, inmensas luminarias que taladraban mi cerebro día y noche; y nunca dejé de observarla. Llegando a olvidar la promesa de seguir soltero hasta cumplir los cuarenta.
Su caminata en el vagón me descontrolaba. Un paso, era un bamboleo de sedas claras. Un sacudón del coche al moverse, generaba un acontecimiento de rebotes afiebrados en su voluminoso pecho. Otro paso más, el roce de su redonda cadera al pasar a mi lado entre los cuerpos amontonados. Estos hechos bombeaban mi sangre a borbotones por mi cuerpo y mi corazón se detenía, elevando mis sentidos y disparando mi virilidad. Sobre todo cuando sus dedos alabastrinos me ofrecían una tonta brújula aprovechando, sinuosos, a juntarse con los míos. Dedos hábiles, sabihondos de sentimientos masculinos. Juguetona, desde su extraño altar de felina feminidad.
Un día, agotado de fundirme en mi propia adrenalina, decidí hablarle. La esperé. Aquel memorable lunes llegó radiante como una perla gigante. Clavaba en mí los ojos de fiera liberada mientras ondulaba pelilarga entre los asientos, sorteando rodillas y paquetes. Mientras, elevaba los largos brazos para sostenerse de los caños que pendían del techo, y así dejarme observar la petulancia de los senos desnudos bajo la sutil camisita opalina. Ese día, sentí que me encendía.
Quise hablarle, averiguar su nombre, pero no hubo respuesta. Era muda, me lo confirmaron sus incomprensibles gestos y señales. Insistí, diciéndole que quería verla, conocerla. Ella hizo un mohín de gata en celo y comenzó a caminar rápido hacia la puerta, obligándome a seguirla. Bajó en Avenida de Mayo, y quiso perderse entre los túneles y recovecos. Caminaba rápido, delante de mí, excitándome, provocativa.
Ella era experta, misteriosa, inalcanzable. Me volvía loco ese ir y venir de carne, grasa y huesos. Aquellas sandalias nimias del color de la sal al final de las tremendas columnas de sus níveas piernas.
Yo estaba sumido en mis propios infiernos, preso de la quimérica carrera.
De pronto, habíamos dado una vuelta más y estábamos en un andén para hacer combinaciones en el viaje. No había nadie allí. El tren chillaba cerca, amenazando con su pronta presencia. Sensual, hundida entre sus curvas, giró sobre sí misma para darse por vencida, para entregarse y acabar el juego. Frenó de golpe. Recién en ese momento, noté el gesto espantado, el rictus de terror en los labios llenos. Las dos lágrimas negras que se arrastraban en las manzanas calientes de su cara aniñada.
En ese instante supe, verdaderamente, por qué la había seguido...


Al día siguiente, en la ruidosa mañana del subte, aún se oían los ecos del nefasto hecho de la mudita indigente que había caído a las vías el día anterior, siendo arrollada por uno de los coches. La gente comentaba sobre la pobre brujulera, decían que había andado oculta bajo la mugre de muchas noches sobre sucios suelos, hablaban del podre hedor que emanaba su melena (alguna vez rubia). Generaban un desagradable murmullo incoherente que olía al desprecio de la ciudad por los desamparados. Pero yo tenía tanto de mi trabajo en qué pensar que no podía perder mi tiempo lamentándome por cualquier desconocida. Así que me aislé de aquella chusma por completo y permanecí ceñudo, ofuscado por tanta cháchara intolerable.
Estaba sumido en cavilaciones administrativas de mi exitosa empresa que casi me pierdo el ingreso de “ella”. Una morocha rizosa. Oscura como la noche, con los ojos más arábigos que jamás hubiese visto. Recorría el vagón con un canasto de velas artesanales. Aquel colorido cesto relucía bajo la pechera desbordante de su vestido hindú, transparente y holgado.
Fue algo instantáneo. Quise tenerla entre mis manos. Palpar los músculos, los tendones, las arterias tensionándose de deseo. Quise abandonar la soltería y poblar mi derruida casa, con hijos paridos por ella. Pero no me atreví a hablarle. Me puse en su camino para sentir su roce al pasar a mi lado. Aspiré el perfume de su cuello y la seguí con la mirada hasta que se bajó sin vender nada a la gentuza desalmada que ni notó su presencia. Pero yo seguiría con mi plan. Admirándola. Todos los días. Eso haría, sí, hasta el día en que juntase coraje y me animase a hablarle.
Sí, claro, pronto la seguirìa, seguramente...

1 comentario:

Vera Zagui dijo...

Siempre me gustó tu escritura tan femenina, tan delicada... con una descripción de los personajes con una pulcritud y detalle excepcional. Este relato me sorprendió.